[Relato Histórico] Pedro Cabrón-1


II

CADIZ

1463

No sé qué broma del destino me llevó aquella noche hasta allí. El puerto estaba silencioso, más de lo normal, mientras el fuerte viento de levante mecía las naves ancladas frente a los muelles. Iba soñando con el día de mañana, cuando tuviera edad suficiente para enrolarme en alguno de aquellos navíos de los que tanto había oído hablar. Esperando que alguno de los grandes mercaderes genoveses viese en mí a un joven de futuro. Había aprendido a leer y escribir y era capaz de hacerlo tanto en castellano como en italiano, gracias a los cuidados de mi madre nacida en Génova, como yo. Y además era capaz de contar y había aprendido a cambiar varias de las monedas que circulaban en el puerto. Si lograba que algún capitán me aceptase en su barco podría conocer el mundo. Tal vez acudir a Génova, o a Marsella, Barcelona, o a Orán. Siempre había querido visitar Orán.


Pero el destino era caprichoso y aquella noche Dios Nuestro Señor decidió mi futuro por mí. Caminaba escuchando el murmullo de las olas que, rompiendo contra la piedra de los nuevos muelles, acallaban el sonido de las pocas voces que se oían en las tabernas. Era una noche de perros y ni estos caminaban por las calles. Sólo yo, cubierto con una fina capa que me protegía de la lluvia aquella noche de diciembre. O eso creía. La figura surgió de pronto, no sabría decir si de una puerta, una ventana o un estrecho callejón. Pero se plantó ante mí, imponente. Pese a la oscuridad de la noche pude ver el brillo en sus ojos. Un rayo lejano mostró sus facciones un segundo. Era joven, algo mayor que yo, aunque no mucho más. Su rostro, curtido por el mar, era de color aceituna, y sus ojos parecieron brillar rojizos en la noche. Caí de espaladas, asustado por su repentina aparición había intentado retroceder pero mi torpeza natural me había hecho trastabillar.


El marinero, tras ver su rostro no me cabía duda de que se trataba de un hombre de mar, se inclinó hacia mí.


-Arriba chico, el suelo debe estar helado.


Su voz sonó jovial y burlona. Y la ira encendió mis mejillas casi a la vez que me levantaba del suelo de un salto y me encaraba con él


-¿Cómo que chico? ¿quién os creéis vos para tratarme así?.

-Tranquilo, no quería ofenderte, muchacho- Una carcajada salió de la garganta de mi interlocutor mientras lanzaba su brazo hacia mí. Casi por inercia me cubrí el rostro. No sería la primera vez que recibía un golpe por culpa de mi carácter.


Pero el marino echó su brazo sobre mi hombro, riendo ante mi reacción, mientras me conducía sin mi consentimiento hasta una puerta cercana. Mis ojos leyeron el cartel que pendía junto a una vieja y desvencijada ventana. La Taberna del Turco Cojo. Había oído hablar de aquel lugar muchas veces y, estaba seguro, si mi padre se enteraba me caería una manta de palos. Se decía que en aquel lugar se reunían los piratas para hablar de sus correrías y de las presas que realizaban. Pero yo no era un pirata. No era más que un crío con aires de suficiencia y con el corazón a punto de salirme del pecho. Recorrí la estancia con la mirada, observando la dureza de los rostros que allí se encontraban. Sentados en viejas mesas, con jarras de cerveza y vino aguado en sus manos. Algunos reían, lanzando al aire historias de antiguas aventuras mientras algunas mujeres deambulaban entre ellos con sus pechos al aire y miradas traviesas que buscaban a los hombres. El miedo se apoderó de mi cuando, desde una mesa, se lanzó un grito a mi acompañante.


-Pedro, aquí.

-Vayamos, nos sentaremos con mis compañeros.- la mirada del joven marino se veía burlona, pero seguía siendo dura como ya me había parecido entre las sombra de la noche. Me condujo hasta la mesa a empujones y, con una sola mirada, logró que un enorme marino dejase su silla libre para mí.

-¿Qué ocurre, Antón, hoy no has pasado a ver a Berenguela?

-Deja, deja,.. esa puta quería que le trajese unos paños y no lo he hecho... prefiero enfrentarme a las galeras de Fernando que a una mujer como esa enfadada.


No podía creer que estuviera en aquella mesa. Conocía al hombre que estaba ante mí. Era Antón Bernal, uno de los piratas más conocidos de la ciudad. Su fama le precedía y se decía que estaba dispuesto a asaltar un barco cargado de vino solo por placer, pero que alguna vez había dejado escapar un navío cargado de oro porque, desde la lejanía, había observado una bella mujer de la que se había enamorado perdidamente.


-Creo que no te conviene esa mujer. No es normal que tu, que no le tienes miedo a nada, te escondas aquí hasta que vuelvas a embarcar...


Una risa surgió de mi acompañante, mientras mis ojos, a punto de salir de sus órbitas, miraban a uno y otro con absoluta sorpresa. ¿Quién diablos era Pedro? ¿por qué Antón aceptaba que aquel mozalbete le hablase con tanta naturalidad?


-¡OH!..- una exclamación salió de mi boca cuando caí en la cuenta de con quien me encontraba. Y fue lo suficientemente fuerte para que Antón reparase en mí.

-¿Quién es tu amigo, Pedro?

-¿Éste? Lo cierto es que no lo sé- dijo mirándome de hito en hito- Me lo encontré tirado en el suelo del puerto.

-Yo... yo... bueno, me caí cuando apareció vuesía.

-¿Vuesía?.. que educado es tu compañero- Antón parecía divertirse con mi inseguridad..- Pero no lo suficiente para decirnos su nombre...

- Fernán, mi señor, soy Fernán. Hijo de Joan Sánchez.

-Encantado, Fernán, yo soy...

-Pedro Cabrón– las palabras salieron de mi boca atropelladamente. No podía imaginarme que aquel joven, en cierto modo jovial, fuese el temible pirata. Y menos aún podía creer que yo estuviese allí sentado, junto a aquellos hombres de mar cuya fama les precedía.


Sin lugar a dudas, Dios había jugado caprichosamente conmigo aquella noche. Pero yo aún no podía imaginar hasta que punto. Porque desde ese instante mi vida cambió por completo. Me hice inseparable de Pedro, que tenía solo un par de años más que yo, hasta el punto que resultaba extraño ver a uno sin el otro por el puerto. Solo cuando él estaba embarcado yo quedaba solo.


Así fue durante un par de años, hasta que mi padre falleció y Pedro me invitó a navegar con él por el Mediterráneo. Mis sueños habían cambiado en este tiempo y las historias contadas en la taberna del Turco me habían introducido en un mundo fantástico de batallas navales, tesoros indescriptibles, hermosas mujeres y exóticos lugares. Cuando Pedro me invitó a enrolarme en la Besada, la fusta de negro casco y blancas velas que,desde hacía años capitaneaba, no lo dudé. Deseaba vivir la vida de mi amigo. Lo que jamás llegué a sospechar es que su vida sería conocida por la mía. Que el destino, o Dios, me puso en su camino para que escribiera sus memorias y hazañas. Para contar al mundo la historia de aquel demonio que no fue más que un gran hombre. La historia de mi amigo, la historia de Pedro Cabrón.

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