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[Relato Histórico] Pedro Cabrón-8.

La navegación fue relativamente tranquila hasta Barcelona. Algún que otro encuentro con barcos aragoneses que fue resuelto con la brutalidad habitual en los hombre de Cabrón. Pronto las dos fustas dirigidas por Pedro se pusieron a la cabeza de la expedición. No sé decirles como, pero poco a poco el prestigio del capitán fue llegando a los otros navíos y, antes de llegar a las costas de Mallorca ya eran ocho las naves que seguían las ordenes de Pedro. Al llegar a Barcelona otras cuatro naves se habían unido a las Besada y la Vieja Mora. Y Pedro era reconocido como almirante de aquella pequeña flota de piratas.

Pero lo que no podíamos esperar es lo que nuestros ojos vieron: el puerto estaba cerrado por una flota de galeras aragonesas y el Infante portugués no había logrado reunir una gran armada. Además de los trece navios comandados por Pedro, Fregosso había logrado reunir otras quince naves. Y Pedro de Portugual había enviado tres galeras. Pero ni una flota el doble de grande hubiera podido con la presión que Juan II estaba ejerciendo en el puerto de Barcelona.

En una calurosa noche de julio, Pedro llamó a los capitanes que habían decidido ponerse bajo su mando. Poco a poco los hombres fueron llegando, pasando de un barco a otro con facilidad después de que Pedro ordenase echar anclas juntos, creando una pequeña fortaleza flotante frente al puerto barcelonés. Roque fue el primero en llegar. Su rostro se mostraba más cansado y triste. En no pocas ocasiones había hablado de una victoria segura sobre los aragoneses, pero aquel magnifico espectáculo parecía haber cambiado su parecer y se mostraba pesimista como pocas veces lo había visto. Junto a él llegaron otros hombres. Conocía a casi todos pero sentía predilección por Jonan el holandés y por Omar un turco de buen apetito que siempre andaba riéndose con todo. Fueron entrando en el camarote de Pedro y, como no podía ser menos, yo fui con ellos. Allí, mi amigo comenzó a indicarles cuál era su plan, mientras los hombres asentían como si se tratase de un experimentado almirante. Esa fue la primera vez que le vi ganarse el respeto de hombre de mar mucho mayores que él, pero no la última.

Pedro era un hombre valiente, como pocos. Sanguinario, sí. Pero jamás fue un loco. Era juicioso en sus acciones, como demostró años después en la defensa de Nápoles, o en la conquista de las Islas. Tal vez por eso todos aquellos lobos de mar lo escuchaban, sabiendo que su propuesta, aún siendo arriesgada, podría romper el cerco. La idea era sencilla, a priori. Varias fustas de su pequeña armada, las más rápidas, atacarían a las galeras situadas más al sur. Aquellas naves tenían problemas de movilidad, mientras que las fustas, mucho más pequeñas, podrían volverse rápidamente. Se iniciaría así el ataque en el sur, mientras el resto de la armada del portugués se prepararía para el verdadero ataque, encabezado por las galeras del Infante.

-Me parece una locura, las naves que vayan al sur serán destruidas.- Era un pirata joven quien hablaba. Había venido desde Huelva para ponerse al servicio de Fregosso, pero en el trayecto prefirió seguir junto al gaditano.
-No lo es- la potente voz de Omar sobresalto al onubense- Si Cabrón dice que se puede, se puede.
-La Besada y la Vieja Mora irán en ese grupo- Roque soltó un bufido de aprobación- Mis hombres no tienen miedo a la muerte.
-Ni los míos, tampoco- Ahora era Joan el que se unía a Omar, que palmeaba la espalda de Roque mientras sonreía ante el ataque pensado por Pedro.

Aquella noche, otros hombres fueron acercándose hasta mi amigo, aceptando su propuesta y peleando por luchar a su lado. A la mañana siguiente, la Besada navegó hasta la galera principal del Infante y dio las órdenes pertinentes. Ante mi asombro, los marinos catalanes se negaron a seguir su propuesta. Pedro se encogió de hombros, acatando la respuesta dada por los hombres del infante.

-Vosotros sois quienes pagáis. Pero yo tengo derecho a asaltar cualquier nave aragonesa que me plazca. Y creo que mañana me apetecerá atacar esas galeras.

Y válgame Dios que aquello le apetecía. Con las primeras luces del sol aun rozando nuestros ojos, la Besada y la Vieja Mora, seguida de las fustas de Omar, el holandés, y alguna más, se lanzaron sobre las galeras aragonesas. Como Pedro había previsto las naves piratas eran mucho más rápidas que las pesadas naves de guerra que cercaban Barcelona y, además, no esperaban la llegada de aquellas fustas. Comenzaron a abrirse en su presa, cometiendo el error de alejarse unas de otras. Pedro había previsto que eso podía pasar, y la Besada y la Vieja giraron sobre sí para rodear a una de las galeras. Los gritos de los hombres al asaltar la nave aragonesa rompieron el silencio de la mañana y se unieron a otros que provenían de la larga línea de naves piratas. Desde la lejanía pude observar como las galeras de Pedro el portugués comenzaban su lento avance, siguiendo la estela dejada por Fregosso.

Yo seguí a Juan y a Pedro hasta la galera contigua, con la espada en la mano mientras lanzábamos por la borda a un soldado somnoliento. Ninguno de los hombres que nos encontramos en aquel barco aquella mañana estaba preparado para la brutalidad de los hombres de Pedro. La cubierta se fue volviendo pegajosa según iba llenándose de la sangre de los que allí luchamos. Pero no fuimos los únicos que atacamos aquel día. Al caer la noche el cerco se había abierto y, aunque algunas naves continuaban con su sangrienta batalla, el puerto parecía abierto de nuevo. Aquella fue la primera gran victoria de Pedro de Portugal, pero también la última. Pues jamás lograría ocupar el principado. Pero los designios del reino traían sin cuidado a Cabrón, mi amigo solo deseaba localizar a Fátima en aquella ciudad enorme. Y voto a Dios que lo intentó. Todos sus hombres lo intentamos, hasta que Roque dio con ella y su mirada indicó que algo no iba bien. Lo seguimos por las calles, hasta el puerto. Hasta la Besada. Y allí estaba ella. Al verla comprendí porque mi amigo se había enamorado tan locamente de aquella muchacha de negro cabello y ojos oscuros. De piel oscura y rasgos hermosos. Irradiaba serenidad. Incluso allí. Incluso así. El viento meció su cabello, que rozaron el mascarón de la nave. El silencio se impuso en el puerto, mientras el temible pirata caía al suelo derrotado. El viento la balanceó sobre la cubierta de la fusta. Fregosso había cumplido su promesa y había liberado a la esclava. Pero había condenado a Pedro para la eternidad.

Cuando por fin se levantó, caminó hasta ella, trepando por la cabra maldita con la que se burlaba de sus presas. Le besó en los labios, la acunó entre sus brazos hasta dejarla en la cubierta. Y lloró. Y su llanto se convirtió en sangre de inocentes. El temible pirata, aquel que en Orán había soñado con dejar la lucha y la guerra, juró venganza eterna. Viéndolo allí, sobre la nave que Fregosso le había regalado años antes. Con la mujer que amaba muerta entre sus brazos. Supe que aún me quedarían muchos viajes. Mucha sangre que derramar y que ver. Y supe que Pedro seguiría en los mares y que el Leviatán, el diablo hecho hombre, no volvería a tener paz. Jamás.

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