[Relato Histórico] Pedro Cabrón-7

Pero se vio obligado a posponer sus sueños. Intentó sin éxito que Fregosso liberará a Fátima, la esclava que había lo había enamorado. Pero ese fue su mayor error. Fregosso vio en la mora la forma de controlar a su díscolo discípulo, que amenazaba con volver a Cádiz y dedicarse al comercio. Aquellos días en Orán, mi amigo había sufrido una transformación. Parecía menos violento, más dócil y algunos de sus hombres comenzaron a mostrarse preocupados. Todos conocíamos las clausulas del acuerdo entre los dos capitanes y todos habíamos disfrutado ya de nuestra parte de la presa. Por eso los hombres comenzaron a hablar. Solían reunirse en una pequeña taberna cercana a la Mezquita mayor. Y no pocas noches estuve yo con ellos, escuchando sus quejas, muchas veces fundadas, sobre el cambio de actitud del capitán. Él los había traído hasta aquel lugar alejado de los ojos de Dios y ahora quería abandonarlos a su suerte. Pero el destino era cruel con mi amigo, condenado a una existencia marcada por la violencia de los que le rodeaban. Hasta los oídos de Fregosso llegaron ecos de las nuevas intenciones de Pedro. Que le había prometido a Fátima construirle una gran casa en el arrabal de Santa María, al estilo de las nuevas villas que se estaban construyendo en Génova, con unos baños al estilo de los que había visitado en Fez.

Después de un mes en Orán llegaron importantes noticias desde Aragón. Barcelona estaba siendo cercada y Pedro de Portugal llamaba a sus mercenarios a liberar la ciudad. Fregosso llamó a Pedro a su casa y yo fui con él. La sala estaba cubierta de mapas del Mediterráneo, y pude observar como otros marinos estaba ya allí. Roque, que parecía trabajar por cuenta ajena pese a que Pedro era el dueño de la fusta que capitaneaba. A los otros no los conocía. Habían llegado hombres de todas nacionalidades. El enviado del infante se mostraba atento a cada palabra dicha, pero se veía que comenzaba a aburrirse con la jerga empleada por los marinos. Incluso a mí, pese a llevar ya tiempo navegando y cerca de un mes en Orán, me costaba seguir el hilo de lo que acontecía en el lugar. Pedro se mantenía apartado, echado sobre una pared observando lánguidamente la ventana entreabierta que le mostraba las vistas del puerto.

-Pedro, acercaos hasta nosotros. Queremos saber que opináis de las tácticas propuestas por Roque.

-Tiene experiencia suficiente, seguro que tiene razón en sus ideas.

-Ni siquiera lo has mirado. Desde que esa furcia mora se cruzó en su camino solo tienes ojos para ella.

Las palabras de Fregosso sacaron a Pedro de su letargo. Y en los ojos de mi amigo vi la ira que antaño tanto miedo había infundido. Se irguió cuan alto era y se acercó a su anfitrión. Con pasos lentos, casi arrastrando los pies, se plantó frente a él. Retándose con la mirada.

-¿Algún problema, padre?- arrastró la última palabra para que todos pudieran escucharla.

-Ninguno. Y menos habrá. Esta mañana embarcó la morita camino de Barcelona. Si quieres volver a verla tendrás que llegar hasta ella. Pero bueno, si abrimos el puerto será tuya, lo prometo, hijo.

-Ya sé lo que valen tus promesas. Pero iré. Lucharé junto a ti una última vez. Pero no esperes más de lo que ya te he dado. Después marcharé a Cádiz. Allí esta mi patria y mi casa. Allí están mis hermanos y mi vida.

Se acercó hasta los mapas que cubrían la rica mesa de caoba, mirando con ojos tristes las indicaciones de Roque. En varias ocasiones le llevó la contraria para, finalmente, tirar los viejos pergaminos y mirar a los ojos de sus compañeros de fatigas.

-Hasta que no lleguemos allí no sabremos que encontrarnos. Ni tan siquiera sabemos si el infante tiene más navíos, ni si Juan habrá enviado barcos a la costa. Nos consta que los valencianos andan preocupados por sus propias rutas, pero no me cabe duda de que querrán imponer al aragonés con la esperanza de recobrar poder frente a los catalanes. Así que todo lo que digamos o hagamos ahora carece de sentido. Tan solo podemos preparar nuestros barcos, levar anclas y esperar a ver qué fuerza ha sido capaz de reunir nuestro señor Pedro. Y rezar para que sea superior a la de Juan.

Giró sobre sus pasos, camino de la salida. Roque lo siguió en seguida, viendo recuperado a su capitán y sabiendo que debía seguir sus instrucciones. Fregosso se echó a un lado mientras partíamos de aquella casa camino del puerto. No hizo falta ordena alguna, Roque y yo nos encargamos de los preparativos para que la Besada y la Vieja Mora se dispusieran a partir con la marea. Los hombres fueron acudiendo con prontitud hasta el muelle, mientras las provisiones eran cargadas desde los almacenes de Fregosso. La actividad en el puerto se multiplicó al instante, mientras otras naves piratas se preparaban para salir a alta mar, con un destino tan real como incierto: romper el cerco de Barcelona.

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