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[Relato Histórico] Pedro Cabrón-6

IV
Junio 1465
Orán

Después de lo sucedido en Fornells no volví a ser el mismo. Hasta aquella noche había soñado con tierras exóticas, con haber viajado a Orán, con ricos tesoros. Desde aquella noche me di de bruces con la realidad. El grupo comandado por Pedro era cruel hasta el extremo, tanto que en los meses transcurridos su nombre había quedado olvidado para convertirse en el Macho Cabrío. El temible diablo que, al mando de una fusta de negro casco, navegaba al occidente del Mediterráneo causando estragos entre los barcos florentinos. En esos meses cumplí mi sueño de visitar Orán. Allí fuimos recibidos por Fregosso y sus hombres. Allí Pedro mostró que era algo más que un pirata sin sentido. En aquel puerto, el capitán se hizo con dos nuevos barcos: otra fusta, casi tan rápida como la Besada, fue puesta bajo el mando de Roque, que había decidido continuar a las órdenes de mi amigo. La segunda nave era mucho mayor, un ballenero de ancho casco, lenta pero robusta, cuyas bodegas fueron cargadas con especias y otros productos. Cristóbal fue el elegido para comerciar y marchó a Cádiz con la misión de sacar adelante los nuevos negocios de Pedro.

Por primera vez observé que Pedro no deseaba continuar toda su vida en el mar. No al menos al frente de aquel grupo de piratas. Allí, en Orán, bajo el efecto de algunas hierbas que yo desconocía, Pedro me confesó la verdad. Aquellos días había conocido a alguien, me dijo.


-Es hermosa como solo pueden serlo ellas. Su pelo es negro, sedoso, y su sonrisa es angelical. No sé cómo he podido vivir sin ella todo este tiempo. Su sonrisa me atrapa, Fernán, y sus ojos… Creo que con ella podría vivir en paz. Deseo llevarla a Cádiz, y juró por Dios que lo haré. Pero ahora estoy metido en esta guerra que nada me aporta. Solo más sangre sobre mi alma. Estoy condenado a los infiernos, lo sé. No creo que el Misericordioso se apiade de mí. ¿Sabes cómo me llaman los florentinos?.


Afirmé con la cabeza, sumido como estaba en un extraño sueño. No sé si Pedro llegó a ver mi gesto en aquel baño cubierto de vaho y humo, pues siguió con sus palabras como si nadie más estuviera con él. Una confesión a corazón abierta, con el alma en su mano. Lo observé entre sombras, viendo en él nuevamente al joven que había conocido en Cádiz, el mismo al que creía perdido al mando de la Besada, y comprendí la complejidad de su existencia. Era quién era, un temible pirata, pero también aquel joven burlón con el que me divertía en el puerto de Cádiz hacía solo un par de años. No, unos meses que se habían convertido en eternos. Y ese día sentí lastima de él. No odio, ni rencor por haberme empujado a seguir su camino. Solo lastima, y con él, también la sentí de mi.


-Leviatán. Así es como me llaman. Y tal vez lo sea. Ese o cualquier otro demonio –se miró las manos antes de mostrármelas- Están llenas de sangre. Manchadas como mi propia alma por la muerte de inocentes. Fregosso me convirtió en lo que soy. Pero yo lo dejé.
-No eras más que un niño que creía seguir los pasos de su padre.
-Al llegar a Cádiz pude cambiar. Vi en los ojos de mi verdadero padre lo que debía hacer. Él era un hombre justo y misericordioso. Y leal. Amó tanto a madre que renunció a ella y a nosotros porque sabía que no le amaba. ¿Qué hombre es capaz de hacer eso? ¿quién rompería su corazón en mil pedazos por ver feliz a su amada? Cuando yo he querido yacer con mujer la he tenido. Pero él renunció a ella por amor. ¿Tú lo harías?


Me encogí de hombros, pensando en mi propia existencia mientras las lágrimas, empujadas por aquellas hierbas traídas de Oriente, resbalaban por mis mejillas. No había conocido el amor. Había conocido mujer, sí, pero no el amor. Este se escapaba de mi vida casi como mi propio destino.


-Pero ella me puede salvar, Fernán. Ella es mi ángel, ha venido a buscarme para sacarme de este mundo de locura, fuego y sangre. Ella me salvará Fernán. Ella me va a salvar.


Deje de oír las palabras de Pedro, sumido en un cansino sueño de emociones y vapores. Escuchaba sus palabras lejanas, vagando por mi mente hasta quedar grabadas a fuego en ella. Tanto que hoy, después de muchos años, aún recuerdo cada matiz suplicante en la voz de Pedro. Me lanzaba un grito de socorro escondido entre el enamoramiento. Un grito de auxilio para salir de aquel mundo en el que se encontraba sumido. Pero yo no fui capaz de verlo. No lo vi hasta pasado mucho tiempo. Y es ahora, cuando intento que todos conozcan su historia, cuando noto la verdad que se escondía en aquel baño.


-No sé qué porvenir me deparará la vida de aquí en adelante, Fernán. Hasta hoy, era negro. Oscuro como la pesadumbre que había caído en mi vida. Una vida marcada por el desamor, por la tristeza y la añoranza de lo perdido. Tal vez de lo nunca tenido. Más de una vez me he preguntado qué sentido tenía mi vida, buscando razones que me llevarán a seguir luchando por algo en lo que ya no creía: mi propia existencia. Buscando en la guerra, en el mar, en la violencia y hasta en la fe una razón para seguir viviendo. Sin encontrar más razón que el miedo para no acabar con mi vida.
Porque mi vida ha estado marcada por el infortunio. Y mi alma, solitaria y triste, se ha hundido hasta llevarme al borde de un precipicio. Empujando mi vida a la destrucción. A crear una fachada que cubre la realidad de mi pesadilla. Una máscara de felicidad incierta que mantiene un rictus sonriente a veces, cruel otras muchas, para cubrir un rostro surcado por las lágrimas de una vida sin sentido.
Recuerdo la primera vez que la vi. La primera vez que caí en su existencia, mejor, pues otras muchas veces la había visto sin posar mis ojos en ella. Desde niños paseaba por casa de Fregosso, descarada como solo una niña puede serlo. Pero el otro día la vi de verdad por primera vez en mi vida. Estaba con Fregosso, preparando el viaje a Barcelona y ella entró en la sala. Recuerdo que no levanté la cabeza de las cartas hasta que ella habló por primera vez. Solo dijo una palabra, mí nombre. Y aquello me llamó la atención más poderosamente que cualquier otra cosa. No pude más que elevar la vista de aquel trozo de pergamino gastado que escondía el que hasta ese momento era mi mundo. Entonces la vi y algo en ella desperezó mi ser.
Pero me sentí perdido. Perdido porque nunca había sentido nada igual. Perdido porque al mirarme en sus ojos vi tristeza y fuerza. Porque al cruzar nuestras miradas el mundo se paró a mi alrededor. Y dejé de estar junto a Fregosso para navegar en un mar maravillo al que nunca llegaré. Perdido porque me había enamorado de ella, y lo sabía. Y perdido porque sabía que ella nunca sería mía. Era imposible. Demasiado buena para mí. Demasiado poco para ella. Aunque merece lo mejor que este mundo pueda darle y yo, estoy seguro, puedo hacerla feliz, no podré llegar a ella. Porque es esclava de Fregosso y el nunca me dejará liberarla. Porque tendré que destruir Orán para poder llevármela y aún así tendré miedo a perderle en cada instante. Pero lo haría, lucharé por ella, porque sé que cada segundo a su lado será un regalo. Porque lo es. Incluso ahora cuando mi vida y la suya corren caminos diferente. Porque junto a ella la vida cobra otro sentido. Y, además, siempre estáran sus ojos.


No recuerdo nada más, pero estoy seguro que aquel día Pedro lloró en mi regazo como un niño. Estaba enamorado de aquella esclava y el dolor que sentía en su corazón era más fuerte que cualquier herida causada. Aquel día renació un nuevo Pedro. Tal vez más justo y bueno. Tal vez más parecido a su padre. Quizá ese día el capitán se dio cuenta realmente que no era hijo de un pirata genovés, sino de un comerciante gaditano. Ese día, hablándome de aquella esclava morisca, comprendí por fin que aquel pirata apodado Leviatan, el diablo del mar, no era más que un joven con los mismos sueños que yo.

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