[Relato Histórico] Pedro Cabrón-5

Entré en la casa seguido de Roque. Fregosso y Pedro charlaban animosamente, como dos viejos amigos pese al odio que el gaditano había mostrado en los días previos. No lograba comprender que había provocado tal cambio en el capitán. Me senté en el suelo, cerca de la puerta, observando a Fregosso con total descaro. Era un hombre curtido en mil batallas. Su rostro reflejaba el tiempo pasado en el mar, con su piel oscura cuarteada aquí y allí. Sus ojos, oscuros como su cabello, eran vivos y en ellos no se podía ver la maldad que había visto en los de Pedro, pero tampoco su inteligencia. Vestía con un rico jubón de color pardo, acolchado, y botas altas. Demasiado rico para ser un marino, demasiado pobre para ser un mercader. Tendría unos cuarenta años, no más, pero era difícil decirlo con seguridad por su robustez. Contrastaba con la figura de Pedro, que era más esbelto. Nadie hubiera pensado a simple vista que era un temible pirata. Parecía más un joven mercader, o un estudioso que un soldado. Pero una mirada más observadora podía ver los rasgos del hombre en el que se convertiría. Los músculos resaltaban bajo la camisola que se le pegaba al cuerpo empapada de sangre y sudor. Y el agua salada y el sol habían curtido su rostro hasta darle ese color oliva tan propio de las gentes del mar. Además estaban sus ojos. Ojos oscuros, cargados de inteligencia y locura. De maldad y violencia. Y a veces, las menos, de jovialidad y burla.

Los dos hombres se sentaron en una desvencijada mesa de madera, mientras Juan y otro hombre al que no conocía comenzaban a buscar algo de beber entre las viejas piedras. Ambos se miraron, en un tenso silencio que fue roto por Fregosso.

-Me alegro de que al final hayas decidido venir.
-No es por ti. Recuérdalo.
-Es por el oro… lo sé, lo sé… en el fondo no te crié tan mal.
-Tú lo has dicho. Cuando esto acabe, si volvamos a vernos te mataré- una sonrisa lúgubre torció el rostro de Pedro- Ahora hablemos de negocios. ¿Qué quieres de mí?
-Yo nada. Por una vez trabajo para otros. Supongo que estás al tanto de las revueltas catalanas. Hay muchos intereses en juego, y parece que los catalanes pueden lograr lo que se proponen.
-Juan II lo tiene crudo. Lleva tres años intentando entrar en Barcelona sin lograrlo- Roque nos informó, con cierto orgullo en la voz, de los acontecimientos que esos años estaban afectando al reino, sumido en una verdadera guerra civil en la que estaban participando los vecinos reyes de Castilla, Portugal y Francia.

Yo no tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo. En el puerto de Cádiz había escuchado algunos rumores pero me parecía imposible que una corona pudiera subastarse al mejor postor. Pero Roque nos puso al día. Al parecer los catalanes se habían levantado contra el monarca aragonés y las Cortes lo habían desposeído de su título. Ahora buscaban una nueva cabeza para el reino. Se lo habían ofrecido a Enrique IV, el castellano, pero había fracasado en su intento y ahora era el infante Pedro de Portugal el que quería hacerse con el rico principado catalán.

-Y nosotros luchamos a favor de ¿quién?- preguntó Pedro.
-De tu tocayo, el portugués quiere cortar las líneas valencianas y mallorquinas. Pero su padre no quiere enviar su flota hasta aquí. Parece que tiene algunos problemas en el sur, entre otros con tus vecinos gaditanos. Así que ha optado por contar con nuestros servicios.
-¿Cuál es el precio?
-150.000 maravedíes por ponernos de su lado y, por supuesto, toda presa obtenida.

Por fin comprendí el cambio experimentado por Pedro. Aquella suma era muy generosa y se unía la posibilidad de botín.

-¿Qué pasa con los barcos catalanes?
-Debemos defenderlos- Pedro torció el gesto al escuchar la respuesta de Fregosso, aquello le gustaba menos -Pero los barcos fieles a Juan son nuestros.
-La ruta entre Valencia y Florencia mueve el oro gaditano. Es una opción con muchas posibilidades- Había hablado sin pensar, sentado en el suelo mientras jugaba con un puñal haciendo muescas en las piedras.

-Sigue- mis palabras habían llamado la atención de Pedro.
-Pues eso. El oro que entra desde Berbería es transportado hasta Valencia y desde allí hasta Florencia. Hasta ahora no atacabais esos barcos, porque cargaban en Cádiz, pero ahora estaréis actuando contra los enemigos de tu nuevo señor. Nadie podrá decirte nada.

-¿Quién iba a decirme nada?

Pedro sabía que tenía razón. Alguna vez el mismo lo había comentado. Los barcos florentinos eran un suculento botín. Nunca los había atacado porque no deseaba hundir su prestigio en Cádiz, pero ahora estaba al servicio de un nuevo señor, y debía acatar las órdenes. No sería el primero, Juan Sánchez había robado las vituallas que iban a Gibraltar y nadie se había opuesto.

Aquello pareció convencerlo del todo. Esa misma mañana firmó el pacto con Fregosso y yo descubrí que mi amigo tenía un punto frágil. Era demasiado fácil de comprar.

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