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[Relato Histórico] Pedro Cabrón-4

Agradecí las palabras de Juan. Sabiendo que, al menos aquella noche, tendría un compañero leal en la batalla. Comenzamos a subir los escarpados acantilados siguiendo la ruta marcada por Roque y sus hombres. Cuando llegamos arriba mis ojos se abrieron asombrados. No esperaba encontrarme lo que vi. El negro cielo recogía los reflejos del fuego. Un infierno de sangre y llamas nos esperaba a un kilómetro de distancia. Se podía nescuchar los gritos aterradores de los heridos. Pedro se giró, antes de lanzarnos una leve sonrisa:

-El botín es vuestro. Coged lo que podáis y no dejéis hombre, mujer o niño vivo en esa maldita aldea. Que Juan el Grande sepa que Fregosso y Cabrón navegan juntos nuevamente.

Los gritos de los hombres, que ya comenzaban a correr hacia el pueblo, rompieron el hilo de mis pensamientos. No esperaba esto. ¿Cómo era posible que Pedro hubiera cambiado de opinión así? Y, lo más importante, ¿qué tenía que ver el rey aragonés en todo esto? Juan me golpeó levemente al pasar junto a mí. Debía emprender la marcha y lo hice. Corrí junto a mis compañeros como alma que lleva el diablo. Guiado por el propio diablo convertido en hombre. El pueblo iba acercándose a cada paso y el calor comenzó a hacerse insoportable. Los gritos sonaban atronadores en mi cabeza elevándose sobre el ruido de algunas casas al caer bajo el peso del fuego. Observé como los hombres, aquellos que ayer jugaban a dados hoy jugaban con la vida de otros. Nadie esperaba nuestra llegada. Amigos y enemigos miraban sorprendidos a la cuarentena de hombres que aparecían de la noche, con sus espadas curvas, sus rostros curtidos. Sus ojos brillando a la luz de las antorchas. Rojos como la sangre que comenzaba a resbalar en el filo de sus armas.

Me encontré de cara a la muerte. Y no fue la mía. Juan golpeó a un jovenzuelo. Cayó ante mí con el rostro desencajado por el dolor. La sangre manaba de la herida abierta en la cabeza. Caí junto a él. Preguntándome que locura llevaba a los hombres a matar a chiquillos como aquel. No tendría más de diez años. No portaba armas. Solo el miedo de aquel que ha visto su mundo arder. Tomé su cabeza ensangrentada entre mis manos mientras observaba a los hombres continuar con su matanza. A unos pocos metros una niña lloraba desconsolada buscando los brazos de su padre muerto mientras era violada una y otra vez. Algo más allá otro grupo cargaba con un cáliz y una cruz mientras la iglesia de madera comenzaba a crujir presa del fuego. Sí, navegaba entre diablos y yo era uno de ellos. Pero no quería serlo. Noté como el crío expiraba entre mis manos. Rojas de las sangre de aquel inocente. Busqué con la mirada esperanzas vanas de misericordia. El tiempo se paró a mi alrededor mientras observaba la crueldad de aquellos hombres. Pedro venía hacía mi. Su jubón, antes azul, ahora se veía marrón por la sangre que lo empapaba. Su rostro, sudoroso. Su mirada, alegre como jamás la había visto. Disfrutando con una orgía de sangre y fuego.

-Levanta y lucha, Fernán. Disfruta lo bueno que te da la vida. Es tu primera batalla. Nunca la olvidaras.

Lloré. No deseaba haber llamado a ese diablo amigo. No allí. No con aquel niño muerto en mis brazos. Entumecido por el frío y el espanto. Juan tiró de mí hasta ponerme pie ante Pedro. Noté el golpe de su mano en mi rostro. No me moví. Desperté y supe que debía de hacer. Ahora no había vuelta atrás. Yo también formaba parte de aquel ejército de muerte. Intenté erguirme. Sujetar la espada con fuerza mientras miraba a la cara a Pedro.

-Jamás te perdonaré por esto.

Y me lancé a la orgia de sangre. Aquella noche maté a varios hombres. Puede que algún niño probase el filo de mi espada. Al amanecer el pueblo ya no existía y los hombres recorrían las calcinadas calles buscando algo más que robar o violar. Fregosso y Pedro se reencontraron al amanecer. Un abrazo de sangre selló su reconciliación. Entraron en la única casa de piedra del pueblo, y yo fui tras ellos. Esta vez deseaba saber la razón. La razón por la que aún lloraban mujeres cansadas de ser violadas por viejos y jóvenes, por piratas venidos de lejanos confines hasta aquel pequeño pueblo isleño. Mujeres que sabían que su destino se encaminaba lejos de sus casas. Vidas rotas con destino a los mercados de Orán. Cristianas vendidas a los infieles por cristianos. Esto no era lo que me habían prometido en la vieja taberna del Turco. Nadie me habló de la barbarie y la guerra. Tal vez porque pocos, muy pocos, eran los que, como yo, navegaban a las ordenes del mismo diablo.

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