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Ración de golpes

El Hetero me llamó a medio día. Quería que fuésemos a jugar al salón recreativo, a un juego nuevo del oeste que habían traído. No estaba lejos de casa, en la calle de al lado, así que allí nos fuimos los dos. Hubo suerte y no había llegado mucha gente todavía. He de reconocerles que, como parece que siempre pasa en mi vida, también allí había un grupo rival, pero no recuerdo sus nombres ni sus rostros. Tal vez porque estaba a la sombra del Hetero y a él si le respetaban. No tanto por su fuerza como por su éxito con las féminas.

Pero el día parecía dispuesto a estropearse. Lo primero fue la maquina, eso sí antes se tragó veinte duros que ya habíamos echado. Después, la aparición de nuestra querida y compartida María. Le lancé una sonrisa mientras la saludaba con la mano. He de reconocerles que mi amigo ya me había perdonado por el pequeño desliz del día de la botella.

-Mejor contigo que con otro- me había dicho. Pero lo nuestro duró poco. Un día. Tal vez por eso el Hetero no se había enfadado demasiado, aunque por aquel entonces lloraba por los rincones a causa del amor imposible con nuestra morena y simpática amiga.

María se acercó hasta nosotros, con su pelo revoloteando y su eterna sonrisa. Me dio un beso en la mejilla mientras le daba la espalda al Hetero. Ella no le había perdonado que le jurase amor eterno y luego no le dejase entrar en el armario. Claro que aquello era comprensible, al fin y al cabo, era yo quién entraría con ella y mientras él se quedaba fuera esperando. Se mostró tan digno como pudo, puso los ojos en blanco, lanzando una mirada a las luces de neón y, encogiéndose de hombros, dio una grácil vuelta sobre sus talones para dirigirse al mostrador. En mal momento. Justo en el instante en el que hacia su entrada aquel de infausto recuerdo. Y las miradas de ambos se cruzaron, llegando la de nuestro rival hasta María. No me pregunten cómo -les aseguro que en aquel momento llegué a creer que era sobrenatural, un demonio o un vampiro tal vez- pero en menos de un segundo había llegado hasta nosotros. Y, con su mano sobre mi hombro, preguntó:

-¿Qué haces con mi novia?

-Es mi amiga….

-¿Le has dado un beso?

-Sí, bueno, pero este ha sido casto y puro.

-¿ESTE?

-Upsss…..

María gritó justo en el momento en el que su vampiro particular alzó el brazo hacia mí. Caí al suelo. Lo recuerdo: me golpeé con la maquina y está me devolvió los veinte duros –algo es algo- y, cuando logré ponerme en pie, el Hetero ya estaba allí. En medio de los dos.

-Antes que tuya fue mía-tan romántico como siempre- Y ahora has golpeado a mi amigo. Esto no puede quedar así.

-Vale

No había terminado la frase y ya estaba otra vez en el suelo, pero ahora con el Hetero sobre mí aguantando los lagrimones tras haber lanzado un desgarrador y agudo grito de dolor. No tanto por el daño sufrido como por el hecho de haber recibir en su rostro la mano abierta de nuestra querida María.

Comentarios

Jose Joaquin ha dicho que…
Los rivales los tiene todo el mundo, supongo que por aquello de no tener mente colmena.

Bueno, hay una excepción en la que no tendrás rivales: que seas un Robinson, claro, en cuyo caso sólo tendrás un esclavo negro llamado Viernes.

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