La niebla


Durante varias noches, la situación pareció tranquilizarse, los lobos no habí­an vuelto a la ciudad y la gente parecí­a recuperar la confianza. Las tabernas y las calles volví­an a llenarse, aunque no había desaprecido la presencia militar. Incluso algunos oligarcas habí­an enviado sus ejércitos privados a las calles, y no era raro ver la librea de Ankber rondando la noche.


La aparición del cadáver en el callejón habí­a empezado a extender los rumores: los lobos estaban al servicio de los vampiros. Y, si Hathaltoy habí­a sacado sus tropas a la calle no para vigilar a los lobos, sino a cualquiera que conspirase contra él. Además su casa se habí­a fortificado, convirtiéndose en el segundo castillo de la villa, sólo superado por la fortaleza real, y no paraban de llegar hombres desde todas las posesiones del vampiro en este reino y en otros.


La personas murmiuraban en las calles, en los corrillos unos pocos defendiían la inocencia del vampiro. Argumentaban que no era posible que el de Ankber estuviese detrás de todo, que llevaba muchos años en la ciudad y siempre habí­a velado por su seguridad Que debí­a ser una estrategia del Conde Askanter para poner a la población en su contra y lograr obtener mejoras en el comercio con Asoka, en posesión del príncipe.


Algunos comentaban la desaparición de Hathaltoy, pues desde el primer ataque no se le veí­a. Tampoco Robbel habí­a salido de la mansión Ankber desde que realizó su visita. Y Bloody, el malkavian amigo de Cathan, y Vladislav, un extraño vampiro recién llegado a la urbe, también estaban en aquella casa. Además Sarverius, que había estado hospedado en la mansión Ankber había sido expulsado a otra de las casa de Hathaltoy y se decía que allí realizaba extraños y oscuros experimentos.... Sin duda la actividad de los vampiros estaba siendo frenética estos últimos dí­as. Muchos pensaban aliviados que, al menos, los drows no habí­an iniciado una guerra abierta en la ciudad, tal vez paralizados por la ausencia de sus lí­deres.


Pero todos tenían algo claro. Los rumores de guerra llevaban mucho tiempo sonando, y algún dí­a tení­an que convertirse en realidad, sobre todo desde que Breona, la amante de Hathaltoy, sufrió aquel terrible ataque en la Catedral Gris. Se decía que había sido una traición, un intento por usurpar el poder del matusalén, pero unos pocos conocían la verdad: Askanter había estado detrás de aquel ataque. El primer incidente grave de una guerra que, en cualquier momento, podía abrirse a la ciudad. Pero ahora ni el Conde ni Hathaltoy parecían estar en Frikigard. Se sabí­a que el Conde habí­a partido en misión comercial. Sin embargo al vampiro se le vio por última vez la misma noche de los ataques. Y eso alentaba los rumores....


Algunos de los más poderosos guerreros de Frikigard se reunierón en la taberna del Tuétano Alado, ahora regentada por Evincar. Setsuna relató a los presentes el encuentro de Robbel con los lobos, y la reacción de este al descubrir el cuerpo en el callejón. Actaeon, el licantropo se mostraba preocupado. No era común encontrarlo en lugares como aquel, pero por un día había abandonado su soledad para escuchar que tenían que contar sus otrora compañeros de aventuras. Sentado junto a Evincar comenzó a hablar, contando una extraña historia:


Actaeon había encontrado al producto de su merodear nocturno. Algo muy extraño y bizarro que sin lugar a dudas se atribuia los sucesos pasados. Aquella cosa le había pasadol junto al rostro...Una mirada siniestra y calculadora, adornada por colmillos tan blancos que solo podia compararselos al marfil. Actaeon reconoció que, por unos segundos, quedó aturdido por la imagen, pero reacciono rapidamente, y al darse la vuelta para ver a aquella cosa, se encontró con que ingresaba en la taberna.

El Garou rapidamente comprendió.......No permitirií absolutamente bajo ningún consepto que volviese a repetirse lo de noches anteriores, por lo que, clavando uno de sus pies en el empedrado, se había impulsado hacia adelante en una especie de salto frontal, seguido de una rápida carrera hacia la taberna. Al llegar nada quedaba dentro.


Un gritó hizo girar los rostros de los presentes hacia la calle. Allí, frente a la taberna “El Tuétano Alado”, regida por al antaño cazador Evincar, la niebla pareció disiparse permitiendo la visión de un gran lobo plateado. Está vez estaba solo, sentado en el centro de la plaza con total tranquilidad. Pero lo que vino después pocos se lo esperaban. Desde que Robbel encontró el cuerpo en el callejón todos sabí­an que los vampiros se escondí­an tras los ataques, pero nadie podía imaginar lo que iba estaba a punto de ocurrir.


El lobo fue transformándose, poco a poco, y donde antes estaba el animal se encontraba ahora la difusa imagen de un joven de no más de treinta años, pelo blanco como la nieve y perfil aguileño. Los primeros en verlo no pudieron escapar un grito ahogado: ¡HATHALTOY!....

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