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Cantos de sirena

Me hace gracia que determinadas personas se crean en posesión de la verdad absoluta y que te miren con una superioridad que ralla el absurdo en temas de los que no saben nada. Pero, a la vez que me hace gracia, me fastidia. Me fastidia porque presuponen que la persona que va a acosejarlos es estúpida y, por tanto, debe ser ignorada en su presunción. Sin darse cuenta que hay errores en determinadas acciones y actos. En determinadas actitudes o palabras. Que todos somos personas normales. Con nuestros vicios y virtudes, con nuestras perfecciones e imperfecciones.

Y no se dan cuenta de que son ellos los que verdaderamente tienen problemas. Problemas de audición, principalmente. Creen que quien viene lo hace con maldad, y no escuchan sus palabras, pero si cantos de sirena que llevan a chocar su nave vital con las rocas. Y es que, en el fondo, no tienen maldad, solo poco oído.

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Con respecto a Cataluña, entrará a formar parte de la corona después del casamiento de Petronila (hija de Ramiro II de Aragón) con Ramón Berenguer IV, conde de Cataluña, quien, a pesar de ejercer como tal, no toma el título real.
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Ando leyendo "Niebla" de Unamuno, y su frase Nihil cognitum quin praevolitum (Solo se conoce lo que se desea) me ha llamado la atención por la verdad que se esconde tras ella. Yo también, como don Miguel, creo que sólo el deseo nos hace crecer, conocer, amar, avanzar. Mientras que desear lo conocido nos convierte en conformistas estancados en nuestras vidas. Nos impide abrir nuestras mentes y mirar más allá de nuestros limites existenciales.
Desear algo, luchar por conseguirlo, o construirlo con tu propio sudor, es el verdadero motor del crecimiento humano. Y, cuando ya lo conoces y sabes si es lo que buscabas o no, hay que seguir adelante. Así, hasta el último día de nuestras vidas.
Sin pensar si lo alcanzado terminó en fracaso o triunfo ya que, cada deseo conocido, nos hará más ricos, sabios y. por tanto, mejores. Nos habrá obligado a avanzar conociendo nuevas metas, abriendo nuevos caminos. Así que, como Augusto, yo también me digo en mi vida Nihil cognitum quin praevoli…

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