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Lobos (III)

La tercera noche desde la masacre de la Taberna del Tuerto las calles de la zona alta estaban vací­as, pero en los barrios bajos, posadas y tabernas mantení­an sus puertas abiertas a la espera de posibles clientes que buscasen en el alcohol un escape a sus males. Y pese al miedo por los últimos ataques las calles estaban llenas de hombres desesperados por una vida miserable que se cebaba en ellos, necesitados de comida y sedientos de olvido.

La niebla cayó de pronto en los barrios bajos, y las figuras fantasmales de la jauría parecí­a seguirla como a un lí­der hasta el interior de otra de las tabernas. Los gritos de terror se escucharon en toda la ciudad, mientras algunos soldados comenzaban a correr hacia la zona. Durante un breve periodo de tiempo los aullidos y gritos dejaron de sonar, para dejar paso a susurros roncos de voces humanas. Una voz sobresalía sobre las demás, ordenaba nuevas actuaciones y rematar a los heridos.

En el exterior, escondidos en el interior de sus casas por miedo a las miradas de algunos lobos que observaban las ventanas abiertas, la gente pudo escuchar como el lí­der ordenaba marchar. Un gran lobo blanco de ojos ardientes salió de la taberna con el morro bañado en sangre.

Y, de pronto, se hizo el silencio. Silencio solo roto por el susurrante silbido de dos dagas que volaban en la oscuridad hasta clavarse en el lomo de uno de los lobos más pequeños. Lobos que podían espantar a la población de Frikigard, pero que habían despertado poderes que hubiese sido mejor no molestar jamás. Al final del callejón se erguía la legendaria figura de Robbel, el temible guerrero drow que había luchado en mil batallas, que había recorrido el reino junto al rey y había participado en infinidad de guerra. El hombre que solo temía una cosa: la ira de Eva, su maestra de rostro y cuerpo infantil.


- Es hora de vengar a los drow caídos... -sus palabras resonaron en el callejón llegando hasta los oídos de aquellos que se habían acercado en busca de noticias. Escondidos entre la sombras se escondían otros dos poderes oculto: Sarverius, un vampiro recién llegado a la ciudad y de oscuro presente, y Setsuna, un guerrero ciego y temible, más poderoso cuanto más se minusvaloraba su valor.

Sarveris, que se ocultaba gracias a poderes que los vivos no llegaban a entender, habí­a visto aparecer la niebla y se habí­a acercado a ella. Deseaba llevar un trofeo a la casa de Mot, mostrar ante el vampiro que no se había equivocado al confiar en él, que los miedos de su anfitrión no eran reales. Necesitaba ganarse la confianza del príncipe vampiro para poder llevar a cabo sus experimentos, y tal vez esta fuese su oportunidad.

Juntos observaron como el lobo herido aullaba de dolor, se retorcí­a un instante, y comenzaba a correr con sus compañeros. Pero pareció que el gran lobo blanco no lo dejaría acercarse. Una sola mirada de la bestia sirvió para que el lobo herido girará en otra dirección, alejándose de los compañeros de manada en una acción impropia de los lobos. Pero más extraño aún fue comprobar como el lobo blanco observaba a Robbel, fijamente, posando sus ojos en él como si supiera que allí­ se encontraba un podersos enemigo. Para luego dirigir su mirada a un Sarverius que se escondía a los ojos humanos.


Qué haces aquí­, vampiro, este no es tu lugar... -Los lobos continuaron corriendo, y lentamente la jaurí­a desapareció en la niebla..... Mientras Sarverius no podí­a creer lo que acaba de escuchar en su mente. Por el tono autoritario de la voz que resonó en su cabeza, y por el sonido de la misma, pensó que ese ser debí­a de ser el propio Hathatloy, su mentor en la ciudad. Sin pensar en otra cosa, Sarverius echó a correr hacía la casa del señor de Mot, en su cabeza se repetía una pregunta ¿porqué el Príncipe atacaba su propia ciudad?. Pero, en su carrera, una sonrisa cruzó su rostro: sí Hat controlaba ese lobo, Sarverius estaba trabajando por un hombre muy poderoso y eso le gustaba. Más aún viendo el daño que el otrora justo vampiro causaba en la ciudad.

Robbel, por su parte, vio desaparecer a los lobos y notó la presencia maligna de Sarverius corriendo en dirección opuesta. El experimentado guerrero sabía que no tenia sentido seguirlos, habían desaparecido en la noche, casi fusionándose con aquella extraña niebla

- Tsk... la próxima vez no escapareis y si oís mi voz será mejor que os cuidéis de no volver...

La voz del guerrero se extendió por la noche, hasta los oídos de quienes observaban la situación desde las sombras. Robbel miró al guerrero ciego que saltaba a su lado:

- Hola Setsuna. Esta noche no habrá nada mas que hacer, no creo que vuelvan los lobos. No sé si el hombre que ha marchado tendrá algo que ver con ellos, me encargare de saberlo -dijo refiriendose a Sarverius, consciente de que Setusna también había notado su presencia- Pero una cosa es segura, se les puede dar muerte a los monstruos pues herí a uno.

El drow se acercó a la zona donde había herido al lobo y con un pañuelo recogió un poco de la sangre que había derramado el animal. Estaba seguro de que los poderes del conde Askanter podrían rastrear donde estaban los animales, nada se escapaba a su control y si hasta ahora no había actuado sería porque no lo consideraba necesario. Pero la situación se hacía más grave, Robbel confiaba en que Askanter tomará cartas en el asunto y, entonces ,empezaría la caza de verdad. Pero no necesito acudir al conde para seguri el rastro de sangre del lobo herido que recorrí­a las calles hasta un oscuro callejón sin salida. El drow, dejando de lado a su ciego compañero, siguió el rojo reguero hasta aquel lugar esperando encontrar al lobo acorralado y asustado, pero lo que encontró le causó sorpresa y excitación...

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