Libros


Me gustan los libros. Tengo muchos, de todo tipo. En todos sitios. Los más, en las estanterías, pero también en el suelo, bajo la cama, en un baúl, en cajas, en el cuarto de baño, en el armario. Allí donde quedé sitio cabe un libro. Y los he leído todos, lo juro. Y los que más me gustan son los libros antiguos. De esos no tengo muchos, alguna colección de los años 40 –recogida de la basura de alguien que no valoraba lo que tenía- algunos del XIX y uno del XVIII. Pero si he tenido la suerte de trabajar en bibliotecas históricas, donde el tiempo se quedaba corto cuando en mis manos caían ediciones príncipes del Quijote, incunables, post incunables, libros llenos de vistosos grabados, textos imposibles de leer, manuscritos, cartas escondidas entre las páginas de viejos libros que nadie más ha leído desde hace 300 años.

Pero, sobre todo, mis ojos se van hacía los libros raros, curiosos, distintos. El otro día cayó en mis manos una de esas extrañas obras españolas del XIX, un elogio a los pechos de la mujer. Todo un libro escrito para deleite de los amantes del seno, ese blanco fruto que florece en primavera como las amapolas y del que las sanguijuelas no extraen sangre sino leche. Como les digo, una joya por su rareza. Más aún cuando el libro había sido encuadernado, por su primer dueño, junto a una obra teológica. Curiosidades de la vida, o lector precavido que escondía la obra de los ojos de su mujer.

Y es que, pasear entre las letras del pasado nos da una visión real de lo que acontecía. Realidades tan cercanas a la nuestra como la que recogía un epitafio jocoso tras la muerte de un diputado, en 1848:

Aquí yace don Fulgencio
Diputado de cortes
quien guardó más silencio en vida

O juegos pasados y presentes, que se regulaban como no se hace ahora –tal vez porque ahora los niños juegan a los videojuegos y no a las prendas- pero que ya en el XIX establecieron las normas de tan repetido juego. Lo he tenido en mis manos, las normas, las pruebas y las prendas a pagar. Todo perfectamente reglado.

Pero, dirán, ¿a que viene todo esto? Y la respuesta es sencilla: no tiren sus libros pues algún día iluminarán los sueños de gente como yo, igual que ahora nos llenan la imaginación de historias. Y de paso, ahora que los Reyes Magos comienzan a preparar sus camellos: pienses en libros, regalen sueños escritos en papel. Historias de todo tipo y para todo publico. Y, sobre todo, háganlo con los niños: compren libros y lean junto a ellos. Enséñenles a disfrutar con la lectura como otros hicieron con ustedes.

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