La muerte del amigo

Aún recuerdo la primera impresión que sufrí cuando, saliendo de casa de Cocom para ir a la mía, nos encontramos a Fiesta tirado en el suelo, rodeado de un charco de roja sangre, que también le manaba de un rostro blanco como la leche. Cocom y yo nos miramos, asustados, pensando en qué demonios le había ocurrido. No sé porqué, miramos arriba, hacia los pinos, y allí vimos colgado el chaleco naranja fosforito que Fiesta solía llevar. Los dos nos quedamos paralizados, sin saber si correr por ayuda o ayudar a nuestro amigo, que parecía que no respiraba. Al final, Cocom tomó la iniciativa mientras yo seguía pensando en lo cruel que era la vida. ¿Porqué Fiesta? El tío más inteligente del grupo –más que yo, aunque me joda reconocerlo- despeñado por subirse a un pino. La muerte absurda del genio.

Justo cuando Cocom dijo que iría a por su padre, Fiesta se puso en pie de un salto, mientras mi corazón asomaba por la boca ¿QUÉ DEMONIOS?. Fiesta comenzó a reír, mientras otro, creo que el Ruso, salía de entre los árboles con una vieja cámara de fotos en las manos.

Y es que tengo amigos raros, siempre los he tenido, la verdad. Algunos tenían rarezas físicas, otros mentales y, los que más, de ambas. Pero lo cierto es que la rareza los hacía diferentes, individuales. Diría que no como ahora, donde visto un cani vistos todos, aunque no sea del todo cierto. Pero mis amigos sí eran diferentes. Y, entre todos ellos, destacaba Fiesta. Con él cacé marcianitos por los bosques de Las Calas (ya les hablé de eso así que no me repetiré), con él me convertí en un sádico asesino que corría por las alcantarillas de una ciudad sin nombre perseguido por zombis; con él comandé hordas de no-muertos para, luego, enfrentar mis propios ejércitos elfos a sus esqueletos y vampiros; con él pinté decenas de figuras mientras me explicaba como darle vida a los pliegues de la capa de Tyrión. Pero, sobre todo, con él aprendí que una broma pesada y macabra siempre es más divertida que el humor blanco y dulce que se estila en lo políticamente correcto. Y es que Fiesta era así, un personaje singular que alejaba a su hermano a pedradas, con la ayuda de todos nosotros, claro. Y dándonos permiso para apuntar a la cabeza

-Mucha inteligencia no va a perder– nos decía mientras se quitaba su sempiterna chaquetilla naranja, que compaginaba con pantalones de camuflaje, y lanzaba la primera piedra sobre su querido hermano.

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