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La Casa de Mot

La mansión de Ankber llevaba en la ciudad desde que se fundó, en los últimos tiempos la casa habí­a caí­do en desgracia y muchos pensaban que no recobrarí­a su explendor. Pero todo cambio con la vuelta de Cathan, el último señor de Ankber que habí­a partido en busca de fortuna, y su retorno como fiel seguidor de Hathaltoy, Primado de Mot y Consejero Real de Asoka. El vampiro tomó posesión del señorí­o y de la Casa, que pronto recuperó su viejo explendor y su señor recobró fuerza y poder en la ciudad.


Lo que pocos sabí­an es que, dentro de las paredes de la mansión se encontraba el templo de Mot, el lugar donde el vampiro conversaba con el dios, pero también el lugar, protegido por la divinidad, donde el señor de Ankber se reuní­a con aquellos que tení­an algo que silenciar....

Y hasta aquella casa corría Sarverius en busca de su nuevo señor y maestro. Recordó la noche en que había cruzado por primera vez aquellos muros. Pocos dí­as antes, en la posada, el señor de Mot le habí­a dicho que fuera hací­a la mansión para allí­ poder hablar de la visión que le había traído a Frikigard.

Desde el exterior solo se podí­a ver una gran zona ajardinada y una gran verja oscura que protegí­a la entrada de los curiosos. Sarverius se detuvo en su carrera, recordando aquello que había ocurrido días atras. Aquella vez se quedó unos instantes en la puerta y al ver que nadie venia a recibirlo entró en el recinto.

-¡Buenas noches!- gritaba a la espera de que alguien lo viniera a recibir. Pero tardaron en abrir la puerta, así­ lo habí­a ordenado el señor de Ankber. Los pasillos se mantení­an oscuros, aquel que habí­a acudido a abrir no necesitaba luz. Los blancos ojos del criado ciego se posaron sobre el vampiro:

-Le estábamos esperando. Sígame.

El ciego condujó al invitado por estrechos pasillos, por grandes salas de cristal iluminadas por la magia de Mot, por pequeñas salas, por escaleras que subí­an, para luego bajar. No estaban dando vueltas, recorrí­an un camino que parecí­a eterno, y que variaba en cada viaje. Solo el ciego sabí­a como llegar. Y solo cuando debí­a llegar.

Por fin se detuvo ante una puerta ricamente ornamentada. Un olivo de oro, con olivas de esmeraldas, adornaba la puerta. Las raíces de diamante líquido se perdí­an en el suelo de la sala. La puerta se abrió. Un lago de sangre cortaba el camino, y una barca de maderas nobles esperaba. En ella un barquero sordo, mudo y ciego se preparaba para llevar al invitado al otro lado. Allí­, en las puertas de la muerte, Hathaltoy, en su señorí­o, en sus dominios, esperaba. Su túnica, azul turquesa con ricos bordados. Su pelo, blanco como la nieve parecí­a fuera de lugar en la oscuridad de la cueva. Su rostro mostraba la edad del Primado y la seriedad que el lugar requerí­a. Tras él, Mot aparecí­a representado en sangre, muerte y putrefacción, pero también como el joven hijo del Dios Padre que era. Uno a cada lado de la puerta de su templo.


La barca comenzó a navegar, las puertas del templo se abrieron. Hathaltoy no esperó a su invitado, entró en el templo y se sentó en su trono. Scarymash I era el rey de Frikigard. Pero aquí­, en el reino de la muerte, él habí­a sido el elegido. El era el Príncipe de Mot...

Sarverius recordó su asombró al cruzar aquel lago y la sensación de que estaba delante de algo que muy pocos habí­a observado. Tras cruzar el lago de sangre, se situó ante la gran puerta, decidido a cruzarla sabiendo que nada más podía hacer. Y al hacerlo se encontró delante el Prí­ncipe vampiro.


-Buenas noches gran prí­ncipe de Mot. He venido aquí­ a comentarle la visión que tuve, debe hacer cosa de tres semanas. Era una gran batalla habí­a varios drows y varios hijos de Cain luchando, la batalla fue mortí­fera ya que cayeron muchos vástagos y drows, pero también cayó un poderoso vampiro. Esta era mi visión señor, que me dio el gran dios de muerte- dijo sus ultimas palabras casi chillando, le habí­a contado todo o casi toda la visión que tubo, así­ pues se quedo a la espera de haber que le comentaba el prí­ncipe.

El señor de Mot estaba flanqueado por dos guerreros: Cathan observaba, espada en mano, y con su armadura rezumando sangre. Hasta hoy nadie habí­a visto al guerrero completamente equipado con aquellas armas que el dios le habí­a otorgado y cuyo poder solo se hacia efectivo en el Más Allá. Al otro lado del trono, Miros se apoyaba orgulloso sobre su hacha. Ahora brillaba y mostraba su verdadero material: el hacha era de diamante y estaba bañada en sangre. También portaba su armadura sangrante.

Junto a ellos, bajo los pies del vampiro, Breona se sentaba sobre los escalones. Parecia una niña entre hombres, vestida con una blanca tunica que dejaba ver todos sus encantos de mujer y que recordaba la hermosura de la que un día fue amante de Hathaltoy. Sus ojos infantiles observaron al vampiro que cruzaba las puertas y, por un instante, su voz sonó madura

-Cierto es lo que nos dice, Mot nos habla por su boca. Pero no es el Enviado, solo un nuevo guerrero. Él ha de luchar, todos lucharemos. La lucha está cercana....

Hathaltoy escuchó atento a la mujer, se giró sobre Sarverius antes de comenzar a hablar:

-Os quedaréis en mi Casa, pues Mot os trae a mi. Pero debéis actuar con prontitud. Si la guerra se va a iniciar hay que buscarlo.-miró a Geralt, que se encontraba en las sombras, como si no estuviera allí­: un vivo en el mundo de los muertos.-Ha llegado el momento. Prepáralo todo. Hay que buscar a Kragoth....

-Señores la guerra de la que me están hablando ¿es la guerra que haremos contra los drows de aquí­ a poco? como yo vi en mi sueño- pregunto Sarverius al señor de Mot, ya que tenia que saber contra quien se enfrentaban para poder buscar algo para destruirlos. -Para mi será un orgullo poder compartir casa con usted y me gustarí­a consultar su biblioteca, ya que me gustarí­a adquirir información sobre algunas invocaciones. Si necesita ayuda para ir a buscar este tal Kragoth puede contar con mi magia y mi espada.

Hathaltoy escuchó atentamente a Sarverius, cada palabra que decí­a le valí­a para estudiar el verdadero poder de quien estaba ante él. Y lo que veí­a le agradaba. Era cierto que no era el Elegido -pues Breona así­ lo decí­a- pero era un guerrero, y su llegada podrí­a suponer un cambio. Pocos sabí­an quien era y lo que sabí­a, menos aún que serí­a hospedado en su casa. Sí­ Mot lo habí­a mandado es porque la situación debí­a acelerarse.

-Sí­. Acompañarás a Geralt en su búsqueda, pero no es el momento. Aún no, más no queda mucho. Mientras tendrás otras labores que realizar. Espero que sepas manejar tus armas también como tu lengua. -Hathaltoy le entregó un pergamino-Aún no es el momento de abrirlo. Cuando llegues a tu estancia sabrás que has de hacer... tened cuidado, la guerra es inminente y vos la desencadenaréis, pero hasta la llegada de Kragoht no debe ser una guerra abierta. Actuar, pero ocultaros. Si sois descubierto no contaréis con mi protección. Así­ ha de ser.

Sarverius dudó un segundo antes coger el pergamino, pero al fin lo cogió de forma rápida y se lo puso en un bolsillos de los numerosos que tení­a su gabardina oscura. Al parece le habí­a mandado a una difí­cil misión pero si salí­a con vida podrí­a adquirir ayuda de Hathaltoy en otra ocasión, así­ pues decidió complacer al Señor de Mot.

-Para mi será un orgullo trabajar para usted Señor de Mot- dijo el chiquillo al matusalén- Pero antes una cosa, Señor de Mot- Tras una pausa se atrevió a formular una petición:- necesitarí­a algunos esclavos.


-En esta casa no hay esclavos, deberí­as saberlo. Todos servimos a Mot, pero hemos elegido libremente nuestro destino..... Aunque no todos tengamos las mismas... capacidades. Unos vivimos para gobernar, otros para servir.


El vampiro se mostró enérgico en sus palabras. Era cierto, en su casa no habí­a esclavos. Hacia mucho tiempo que habí­a decidido que aquellos que se unieran a él lo harí­an libremente, al igual que él se unió a su maestro


-Pero decidme ¿por qué necesitái­s esclavos?


Sarverius notó que algo había despertado en el interior de su anfitrión, Y así era, una alarma interna que le avisaba del peligro: aquel que ahora se presentaba ante él, tení­a un especial interés por los demonios. Él mismo habí­a jugado con ellos, Jazzal observaba entre las sombras como testigo silencioso de sus actos. Y un poco más arriba, en la zona más oscura e intransitada de la mansión se encontraba el laboratorio -como le gustaba llamarlo-.

Pero Sarverius mostraba un interés demasiado claro. En su fuero interno deseaba que no fuera cierto, pero creí­a que podí­a ser, tal vez se encontrara ante un baali... uno de aquellos que luchaban contra los suyos.... si era así­ ¿por qué Mot lo habí­a conducido hasta él?

Sarverius no dudo ni un instante delante de aquella pregunta tan fácil y además el tení­a otra duda que debí­a comunicarle a Hat. Así­ pues el chico se propuso a responder la duda que tení­a Hat.


-Lo siente si mi pregunta la ofendido.- dijo Sarverius, a su vez cogí­a aire por los pulmones para seguir hablando.- Los esclavos querí­a uno de ellos para hacer un ghoul, para que me hiciera encargos y me fuera a buscar lo necesario para mis pociones y el otro lo necesitaba para sedar mi sed, ya que si tengo una batalla importante quiero ir cargado de sangre hací­a ella.- en su rostro se podí­a ver un tono de seriedad y seguridad.

Tras estas palabras Sarverius se quedo contemplando a Hat durante unos instantes, como si lo estuviera analizando, a continuación decidió seguir hablando, ya que tení­a que saber algunas cosas para no cometer erradas.


-¿Si no para que iban a ser?- dijo el vampiro mientras por adentro se estaba descojonando.- ¿Tiene alguna sala en esta enorme casa en la que pueda practicar mis habilidades de conjurador y una gran biblioteca de donde sacar información sobre hechizos y demás?- Tras terminar las preguntas Sarverius cogió aire, ya que aún le faltaba realizar una ultima e importante pregunta, para él, ya que no querí­a tener conflictos con la gente.


- ¿Usted de dónde saca la gente para alimentarse?- preguntó a Hat, ya que supondrí­a que da la ciudad no podrí­a y del campo no sabí­a, así­ pues antes de hacer un enorme error prefirió consultárselo aquel vampiro con tanta experiencia en la labor.

No fue Hathaltoy quien contestó, sino la vampiresa que se encontraba a sus pies. Ante la presencia del vampiro recién llegado, Breona parecí­a nuevamente la que era, y no la chiquilla en la que quedó convertida tras el encontronazo con los drows.


-No hay esclavos, si deseas un ghoul cázalo, convéncelo o compra su ayuda... no es nuestro problema pues sois nuestro invitado, no un miembro de nuestro clan. Pero no solicitéis esclavos pues no los tendrás.


Hathaltoy levantó la mano para detener a Breona, cuyo discurso, sosegado, no le parecí­a suficientemente vehemente.


-Sabed que no tomó sangre humana... no de Frikigard. Tengo ganado. No lo negaré, pero solo se usará si es necesario. Mientras podrás acceder al Banco de Sangre, que se ubica escondido en la tienda que poseo en el mercado. Si deseáis cazar, sois libres de hacerlo, pero no lo aprobaré. No en Frikigard, a ese acuerdo llegué con el Rey Scarymash y haré cumplirlo a todos, de mi casa o no. Por lo demás, tenéis mi biblioteca, pero os advierto que no todos los libros están a vuestra disposición, pues hay poderes que quedan muy por encima de vos.

Sarverius comprendió que había llegado el momento de retirarse. Lo que nunca supo fue lo que ocurrió tras su marcha de aquel templo a la muerte. Tan solo pudo observar que Hathaltoy sonrió tras su marcha mientras observaba las sombras, allí­ donde el único vivo de la sala se encontraba. No fueron necesarias palabras algunas, Geralt asintió directamente en la mente del vampiro y abandonó el templo por una puerta lateral.

Hathaltoy se retiró junto a Breona, por una puerta escondida entre las sombras del templo. Cathan y Miros salieron tras Sarverius, se montaron en la barca y marcharon hasta el otro lugar. No estaba el criado ciego para guiarlos, pero condujeron a Sarverius por un largo pasillo hasta la biblioteca. Sin duda el camino al templo estaba protegido por una poderosa magia.... El templo se quedo solo, tan solo Jazzal permanecía en él. Salió lentamente, sonriendo al Mot putrefacto que flanqueaba la puerta:

-¿Qué extraña broma nos preparas, viejo amigo?- dijo golpeando amigablemente a la estatua, que rió antes de desaparecer y dejar en su lugar a la gemela del humano dios.

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