Golpes


Solo recuerdo que fue en octavo de EGB, o tal vez en séptimo. Sí recuerdo que fue en un lateral del colegio, el que se orientaba al de las niñas. Yo iba andando por allí y un grupo de niños de un curso menor se abalanzaron sobre mí. Tampoco recuerdo las razones pero, conociéndome, algo les dije. Comenzaron a golpearme, entre todos, y me tiraron al suelo. O me caí. Y allí, en el suelo, mientras recibía los golpes comencé a llorar. No podía parar, era superior a mis fuerzas. Cuanto más me pegaban, más lloraba. Al final, me dejaron por imposible y se fueron.

Yo me levanté y fui a buscar a mis compañeros, aún con lágrimas en los ojos, con la mala suerte de toparme con un profesor.

-¿Qué te ha pasado Cathan?

-Nada, señor, nada

-Pero ¿vas llorando?

-Sí, pero de risa.

El profesor se quedó mirándome. No sé si sorprendido por mi entereza al no decir quienes me habían golpeado –el rumor ya había corrido por varios cursos- o por que mi rostro, mostraba felicidad. Y es cierto que no dije quienes fueron, aunque los conocía a todos y fueron acorralados en la capilla por un grupo de compañeros de clase. Puede que no fuesen mis amigos, pero si había una bronca querían participar. Y no lo dije por dos razones. Primero, porque nunca me consideré un chivato. Segundo, en un semi-internado el profesor siempre es el enemigo. No se le ayuda jamás.

Pero, además, se unía un tercer factor. Lloré, sí, pero de risa. Es algo que me ha pasado siempre. Si me tocan, me río. Si me pegan, me río más fuerte. No soy masoquista, se lo aseguro, pero no puedo parar de reírme. Es uno de mis pocos defectos de fábrica. O, tal vez, una mejora en la especie: nunca se sabe.

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