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El negocio.

Ya le he hablado de mi amigo Lacueva. Un gran tipo y un mejor amigo. Casi más un primo –carnal- que un amigo, pues está en mi vida desde antes de tener uso de razón. Por eso, sus vivencias y las mías van parejas muchas veces. Él es más emprendedor que yo, eso no podemos negarlo. Más negociante, si se quiere. Tanto que, en 8º de EGB montó su propio negocio en el colegio: la venta de revistas. Pero no piensen mal. No vendía revistas porno –al menos no ese año, pero eso no se lo contaré porque me ha pedido que no lo haga-.

Junto a su/mi amigo Alfonso Montaña decidió montar un negocio de venta de artículos. De una revista que, por aquel entonces, no era muy conocida: el Muy Interesante. El nivel de los trabajos de Ciencias comenzó a subir y el Oso (D. Antonio) comenzó a mosquearse ante eso. No era mal profesor, pero era imposible que en tan poco tiempo hubiera podido inculcarnos tanto. Así, el rumor del negocio de Lacueva y Montaña se extendió y llegó a oídos superiores: la gente de BUP también quería comprar.

Fue en ese momento cuando yo iba a entrar en el negocio. Hacían falta más revistas, y más dinero para invertir. Un nuevo socio, yo, podía entrar en liza. El problema era que el rumor se había extendido demasiado. El Oso estaba buscando a los vendedores y los encontró. Les aseguro que la reacción de ese ser podía ser bruta. No en vano era el Oso, el hombre que aseguraba que la rata de campo sabía a conejo y que su hijo destrozaba las revistas del corazón pero no las de Historia. Sin embargo no fue tan dura. Les echó la bronca, si, pero no recibieron guantazo alguno. Algo que yo, que ya lo había sufrido, sentí profundamente.

El dolor compartido siempre es menor. Aunque sea un cabrón por decirlo...

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