El escondite

Ese día habíamos decidido jugar al escondite, pese a que muchos de nosotros no volveríamos a cumplir los 16. Pero tener toda una casa a tu disposición parecía obligarnos a ello. Hubo quienes se descolgaron por ventanas, quienes saltaron sobre tejados, quienes acabaron bajo las camas o en los armarios de la casa. Pero al final, uno a uno, fueron apareciendo por el salón.


Todos menos tres niñas, Bea, Paola y otra más que no recuerdo. Ninguna de ellas aparecía. Natalia comenzó a preocuparse por su hermana, así que iniciamos una búsqueda exhaustiva por toda la casa. Se ve que nuestros gritos de llamada tuvieron éxito pues pronto pudimos oír un “SOCORRO” que recorría toda la casa. ¿Qué diablos pasaba?, ¿dónde estaban las tres niñas?

El nerviosismo comenzó a cundir entre nosotros, habían pasado horas desde que comenzamos el juego, y llevábamos casi 15 minutos intentando seguir la ahogada petición de auxilio. Y las niñas no estaban en la casa. Subimos las escaleras mil veces, salimos de la casa y las buscamos por la parcela, aun sabiendo que no había hueco suficientemente grande para esconder a las tres amigas. Por alguna extraña razón ninguno le preguntó a Rambo donde podían estar, o tal vez ese día Rambo no estuviese en su casa, o no se acordaba de ningún sitio.

Buscamos en las despensas, en los muebles de la cocina, bajo las camas, en los armarios, incluso hubo quien se encaramó al tejado, pero el grito ahogado y ya lloroso seguía sin conducirnos hasta ellas. Había pasado media hora y no había forma de encontrarlas ¿acaso aquella maldita casa estaba encantada? ¿cómo era posible perder a tres amigas en una chalet?. No tenía sentido. Así que todos fuimos volviendo al salón, pensando si aquello no sería otra broma macabra –algún día les contaré las bromas de Fiesta- hasta que uno de nosotros se dirigió a la puerta de entrada. No recuerdo si estaba enfado o tenía frío, pero lo cierto fue que cerró el portón de un portazo y, en ese momento, los gritos sonaron con más fuerza y dos dedos aparecieron en una puerta de rejilla bajo la escalera. Allí, en una pequeña leñera de la que nadie se acordaba –tal vez porque todos entrábamos con la puerta cubriéndola- estaban nuestras amigas. No tan asustadas como nosotros, pero deseosas de salir de aquel pequeño zulo.

Como comprenderán, ganaron el juego.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
ya te digo que si ganaron...
la tercera creo que fue ibérica.

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