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El cielo cayó sobre nuestras cabezas

Tanto hablar del infierno y el paraíso y, al final, el cielo cae sobre nuestras cabezas, que diría el gran jefe galo Abraracurcix. Esta pasada noche, cayó sobre Cádiz toda el agua que suele caer en varios años. Y la ciudad, acostumbrada al agua del mar pero no a la que viene de los cielos, se ha anegado. Hundida en aguas estancas como si de una Venecia pobre se tratase.

Yo aún temo por mi coche, suele estar en la calle, más que nada porque el garaje es de mi padre, y entre que duerma el suyo bajo techo o lo haga el mío –con doce añitos- pues, oigan, duerme el suyo. Pero ayer se fue y, al llegar de comer con un par de amigo y una resacosa, y pese a encontrar un sitio justo en la puerta de mi casa, decidí meter el coche en el garaje.

No sé si fue un acierto o no. Por ahora no he podido bajar a ver como está, el ascensor no llega, y el agua, durante gran parte de la mañana, le ha llegado a los que se han acercado por encima de la cintura. Pero el garaje está en desnivel, y mi coche está en la parte más alta. Quienes han visto la puerta dicen que no creen que haya entrado agua. Esperemos que sea así. Por contra, el coche que ocupo el sitio que yo deje pasar ayer, ha sido retirado por la grúa. Y otros muchos aparcados en la zona han tenido que ser vaciados con cubos.

Definitivamente, Cádiz, no está preparada para el agua. Por cierto, no hay semáforos en la ciudad, los bomberos no dan abasto con todo, el viento ha hecho de las suyas y dos muchachas de buen ver y algo pedo han dejado un coche aparcado en el centro de mi calle. Desde antes de las seis de la mañana hasta después de mediodía, mientras las grúas, esas malditas enemigas del conductor gaditano, no eran capaz de llegar hasta él. Nada se sabe de las chicas, el coche ha sido apartado a un lado. Así que, si alguien conoce a dos jóvenes gaditanas, que ayer perdieran un Ford Mondeo rojo, díganles que lo tiene junto al pabellón Portillo, o lo que queda de él.

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