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Los fantasmas no existen

La puerta se abrió, sí, pero no por nuestras ganas de huir de los fantasmas. La realidad era más común, menos exotérica: el padre de Damian había acudido en nuestro auxilio al escuchar los gritos:

-Juanito, te has pasado. Estos críos van estar sin dormir días.

Y Juanito, que como se habrán imaginado era el hermano de Damian, no paraba de reír mientras, desde el fondo del garaje volvían a oírse risas.

- Y vosotros, ¿no os da vergüenza?

Los amigos de Juanito salieron de su escondite, con los ojos llorosos de la risa y una vieja cámara de vídeo en la mano. Poco a poco nuestros ojos fueron descubriendo lo que allí se había tramado. Hilos que iban de un lugar a otro. Tanza de pescar para hacer volar a las sillas. Habíamos caído en la broma, como niños. Al fin y al cabo lo que éramos. Y fuimos recobrando el color, mirando de reojo al garaje, para descubrir nuevos ataques.

-Mirad, chicos- nos dijo el padre de Damian- todo ha sido una broma de estos tres. Los fantasmas no existen.

Nosotros asentimos lanzándo miradas de odio a Juan y sus amigos, mientras su padre se alejaba para explicarle lo pasado a la madre.

-Por cierto, Juan, muy bueno lo de la espuma en la boca y la amenaza de muerte a éste-dijo uno de ellos colocando su brazo sobre mis hombros

-¿Qué espuma? ¿Qué amenaza?....

Todos nos miramos pensando que Juan aún no había terminado la broma. Pero, a día de hoy, aún tengo todas las papeletas de ser el primero en morir de los que estuvimos allí.

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