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La botella


El Hetero nos llamó un día para ir a su casa. Sus padres se habían ido de viaje y se iba a quedar solo con su abuelo. Un señor muy simpático y sordo que tomaba pastillas para dormir. A las diez de la noche, el abuelo ya no existía para nosotros. Así que acudimos a su casa, dispuestos a jugar una partida de algún juego de mesa mientras nos tomábamos unas cervezas.

Lo que no esperábamos era que el Hetero hubiese invitado a unas amigas. Una para cada uno, nos dijo. Y nos estropease el plan. Por aquella época él era el único que veía a las niñas como algo más que un estorbo irremediable. Nosotros íbamos dispuestos a cogernos una cogorza de cerveza, ver alguna película mala en la tele y echar unas risas. Pero él había llamado a María y sus amigas. Y se había acercado a ella a hacerle arrumacos, mientras el resto nos mirábamos sin saber bien que decir. Entiéndanme. Sabíamos que se suponía que debíamos hacer. Pero no estábamos preparados. Nosotros siempre habíamos sido los últimos en todo, meno en el rol, claro. Allí sabíamos que hacer y decir en cada momento. Pero esas niñas ¡eran de verdad! Y ellas parecían pensar lo mismo de nosotros.

-¿jugamos a algo?- preguntó alguien

-Venga, vale...

-A la botella- el Hetero había separado su boca de la de María para decir algo. Era su casa y ninguno estaba dispuesto a llevarle la contraria. Además, él era el que más sabía de todo esto.

Así que nos pusimos en círculo, lanzamos la botella y ¡chan!, me apunta a mí. La lanzó una vez y ¡mira! María. La risa tonta mientras el Hetero nos miraba con mala cara. Un pico inocente, nada más.

-El juego es el juego, ¿no?- le digo esperando una respuesta afirmativa antes de acercarme a María.

Lo malo fue que el juego continuó y cada vez estábamos más animados. Además, por alguna extraña fuerza interior la botella tendía a emparejarme con María y el juego, como bien saben aquellos que han jugado, subió de tono. Y, al final, al armario.

-¡EN ESTA CASA SOLO YO PUEDO ENTRAR EN EL ARMARIO!

El Hetero se puso rojo, como un tomate, mientras los demás nos echábamos a reír. Y no porque en nuestras mentes eso de la entrada en el armario lo relacionáramos con la homosexualidad, sino porque se había enfadado de verdad. Y parecía que cada vez iba a más. Sobre todo cuando María me cogió de la mano y me sacó del cuarto y de la casa.

Esa noche, como otras muchas, me quedaba a dormir en casa de mis abuelos. No lo puede hacer –dormir se entiende- no tanto por lo ocurrido con María como por el miedo a la reacción del Hetero.

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