La boda

Mi primer amor se llamaba Isabel, era morena, alta y muy guapa. La conocí mientras correteaba por la puerta de su casa, frente a la de mi abuela. Y comenzamos nuestra relación siendo muy niños. Todo fue muy rápido y, antes de tener uso de razón, ya la vi vestida de blanco en nuestra boda. Recuerdo aquel día con cariño. No quedan fotos ni videos que den fe de lo que ocurrió. Sólo la memoria de los que estuvimos allí: unos cuantos amigos comunes y poco más. Sus padres, los míos, y nuestros abuelos mirando con ojos sonrientes todo lo que acontecía en aquel templo verde y azul, entre pinos y bajo la bóveda del cielo de Las Calas. Ella llevaba un traje sencillo, blanco y liso, que contrastaba con el velo dado por su abuela.

Yo me sentía pequeño dentro de mi camisa, con una corbata que comenzaba a ahorcarme. Una relación abocada al fracaso desde el inicio. Hoy ella está a punto de casarse y yo guardo aquellos años sin rencor y con el cariño con que se guardan los recuerdos de un pasado feliz. Simplemente, no era el momento, éramos muy jóvenes, unos niños. Aquella relación era imposible, pero no por eso menos bonita. Auqnue lo cierto es que toda nuestra relación fue demasiado rápida y, en poco tiempo, comenzamos a separarnos. A los siete años cada uno se había ido por su lado: ella con su Barbie y yo con los playmobils.

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