Fantasmas

No sé a ustedes, pero a mí la muerte me resulta divertida. Acogedora, incluso. Alguna vez he pensado que se debe al hecho de ser católico –ya saben, creo en la vida eterna y en la resurrección de la carne- pero al ver a gente de mi entorno me doy cuenta de que no es así. A ellos si les da miedo la muerte. Es un tema tabú del que no se debe hablar porque, en cualquier momento, puede aparecer la dama de la guadaña. A mí no me importa que aparezca. Sí es en busca de otros mejor, pero no me asusta su llegada. Me dan más miedo otras cosas: las motos, los ascensores o los vivos, porque ellos si me pueden hacer daño, pero la muerte y sus seres no.

Aunque, últimamente, comienzo a tener miedo de los fantasmas del pasado. Porque con esos no se puede luchar. Se meten en tu vida sin que los hayas llamado. Sin tener permiso para hacerlo. A veces son tus propios fantasmas, recuerdos de aquello que hiciste y no debías. Recuerdos del daño provocado queriendo o sin querer. Y, otras muchas, ni los conoces, solo sabes que estuvieron cerca de alguien que te importa. Pero su larga estela, su imagen difuminada, hace más daño que su presencia real. Porque ante algo tangible se puede luchar. Ante un fantasma no. Puedes cerrar los ojos y convencerte de que no existe, pero al abrirlos vuelve a estar ahí. Un nombre, un guiño, un gesto, una pegatina en una farola, todo vale para saber que sigue estando ahí.

Entonces solo queda resignarse, intentar convivir con ellos cuando son los tuyos, no te queda más remedio. O irte. Alejarte de ellos, cuando son fantasmas de terceros. Porque, en no pocas ocasiones, intentar convivir con los fantasmas provoca que la muerte, la Esbelta Señora, se acerque a la cabecera de tu cama cada noche susurrándote al oído que aquel que le acompaña desde el pasado es el causante de tu muerte en vida. Y esa muerte si me asusta. La muerte que llena de tristeza el corazón, como si de un amor no correspondido se tratase; la que borra la sonrisa de los ojos –que es la más sincera de las que se pueden dar-; la que acaba con las esperanzas y llena de desasosiego el alma.

Esa muerte si me da miedo. La otra, no. La otra es solo un tramite, más o menos breve, más o menos doloroso. Pero la muerte provocada por esos fantasmas se eterniza, te mata poco a poco, siempre dolorosamente. Te vuelve loco y hace que tu mente divague entre la realidad y la ficción. Entre el presente y el pasado. Sin poder remediarlo, sin armas con las que defenderte. Solo con la esperanza de que, al final, el fastasma se diluya en la nada. El problema es saber cuando llegará ese final.

Putos fantasmas....

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