Caballeros toledanos

Los cuatro jóvenes cruzaron la estrecha callejuela cubierta de niebla. Sus rostros mostraban la fatiga de un duro día, y la satisfacción del resultado conocido. Reían alegremente, hablando con voces fuertes que rompían la tranquilidad toledana. Los rostros de aquellos con los que se cruzaban se giraban hacia ellos, observando sus extrañas maneras, sus ropas fuera de lugar, su peculiar acento, casi cantarín pero, sobre todo ello, el pomo de las cuatro espadas que sobresalía en cada una de sus espaldas.

Casi tan altas como ellos, el buen acero toledano brillaba a la luz de las luces de neón, mientras los cuatro amigos, como si de John Nieve, Geralt de Rivia, Morgon de Hed y Aragorn se tratase, caminaban por las empedradas calles.

-Tengo jambre, zampemos- dijo uno de ellos. Hombre de anchos hombros y rostro curtido enmarcado por el negro pelo.

-Venga, Cabeza, pero busquemos un sitio barato, pisha, que estoy a dos velas y me tienen que llegar los duros hasta que volvamos a Chipiona.

-Vale, pero nada de chinos, que me repite- la voz sonó casi angelical, en aquel rostro blanquecino, enmarcado en un cabello negro y lacio que caía como cortinas a cada lado de su cara.

-¡ea!, decidido. Nada de chino y barato: al burguer

Y allí fueron los cuatro amigos a comer, ante la intrigada mirada de la chica del gorrito, que no entendía nada de lo que le decían. Hablando a gritos y tan rápido como solo los hijos de Cádiz pueden hacer. Finalmente, gracias a un sinfín de señas, la comida llegó a las bandejas.

-Perdona pero.... –el Cabeza miraba de reojo la corona de cartón que portaba un chiquillo en su cabeza- ¿nos puedes dar cuatro de esas?

-Yo no me pongo eso, pisha Cabeza, que luego nos sacan fotos y se ríe de mí todo Chipiona.

-Si no se han reído ya no lo van a hacer- le dije mientras colocaba la corona sobre la cabeza del Putilla –¡Majestad!

Como se imaginarán, los rostros que antes se volvían ahora, mientras caminábamos de regreso al hotel, no sabían a dónde mirar. Y las miradas que se fijaron en nosotros eran de incredulidad

-¿Se puede saber que habéis bebido?

-Nada, don Juan- era Valladós, mi tutor, el que nos preguntaba –Ya sabes que no bebemos.

-Muy cierto, si me permite, mi señor, iré a mis aposentos- Puntilla mostraba sus mejores galas, reverenciando a nuestros pasmados profesores mientras, uno por uno, hacíamos lo mismo y caminábamos erguidos hasta nuestra habitación. Mientras don Cesar José juraba que me había visto fumar algo que jamás he probado. Aquella noche, nuestras armas entrechocaron en una batalla sin cuartel por obtener la mejor cama. El Cabeza, Oveja y yo, dormimos abrazos aquella noche, soportando los ronquidos de Puntilla. Los viajes de fin de curso, dejan estampas como esas. Donde cuatro amigos decidían compartir dos camas, simplemente, por continuar juntos un rato más.

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