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Anastasia

Anastasia era la joven heredera de un viejo magnate. Una niña rica desaparecida sin dejar más rastro que el dolor en el corazón de su padre. Buscada por todo el mundo, solo unos pocos tuvieron la fortuna de encontrarla. Fue en una gran ciudad, no importa su nombre. En una calle de un barrio cualquiera. Tres amigos caminaban por una acera cuando la vieron. Vestida de blanco, con su larga cabellera negra recorriéndo una espalda sinuosa. Habían corrido muchos rumores sobre su desaparición y su rostro había estado en todas las televisiones del mundo. Y, ahora, estaba allí, ante ellos. La posibilidad de salir de la miseria. De comenzar una nueva vida rodeados de lujos.

Los tres amigos aceleraron el paso. Hacia ella. Y ella continuó su camino, encaminándose a un portal que antes no habían visto. Una puerta a punto de cerrarse se entrometía en el camino de los amigos. Una mano, blanquecina, sostiene el picaporte y les saluda sonriente mientras cruzan. Una mirada atrás, nada. La figura ya no está. No se ha dado cuenta de quién entraba ante ella. O tal vez sí. Y delante de los amigos un pasillo, Anastasia continua su lento caminar. Estrechas paredes cubiertas de mugre. Extraño lugar para una rica heredera. Miradas que se cruzan cuando el camino se eterniza. Un grito, una llamada desesperada hacia la bella mujer. Se detiene. Se gira. Ojos vacíos, tristes, muertos. Una voz musical. Una sola palabra.

-Seguidme

El pasillo continúa, no hay recodos, siempre recto. El portal se ha perdido en la oscuridad y solo una luz indica el final del camino. Una puerta. Cristales rotos esparcidos por el suelo. La luz del ascensor parpadeando. Alguien sube hasta la novena planta. La mujer no está. Ya está subiendo. Los amigos se miran, asustados, antes de entrar en el segundo ascensor. Nueve plantas. Números rojos que corren en una pequeña pantalla. Y allí está de nuevo. Anastasia les espera, en el umbral de una puerta sin número. Les sonríe. Sus ojos cobran calor por un instante. Y allí, tras aquella puerta aparece una sala imposible, abierta al cielo azul, presidida por un enorme manzano. Y junto a él, Anastasia mirando a los amigos. Solo uno de ellos se atreve a caminar hasta ella. Solo uno ve lo que el tronco del árbol esconde. Allí, entre las rojas manzanas, baila el cuerpo sin vida de una joven, cuyo pelo se mueve al son de las leves brisas. Mientras los vacíos ojos de Anastasia cobran vida con el moviento de los gusanos en sus cuencas, una voz sale de la nada, tras los tres amigos. Un grito de terror se ahoga en sus gargantas

-Tíos, ¿estabais aquí? Os estábamos buscando para ir a la playa.

-Tus muertos, JJ... era la mejor parte de la historia- era el chino el que se quejaba, aún con el corazón encogido por el susto

-Si tío, ahora íbamos a ver que pasaba con la niña- era Cocom, el segundo de los jugadores el que se quejaba.

-Pisha, que es verano... vamos a la playa

-¡Que no, joe!, qué hacia tiempo que no me metía tanto en una historia.- Rambo estaba tan asustado como los demás, pero aguantaba el tirón con hombría.

Y es que, jugando al rol, uno puede enfrentarse a los fantasmas y hasta vencerlos.

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