Grandes profesores

Ya queda poco. En breve comenzarán los exámenes de septiembre y los alumnos volverán a las facultades. Y, seguramente, yo con ellos. A la Facultad que no a las aulas. Suelo ir todas las semanas por allí, tal vez porque durante cuatro años el patio de la Facultad de Filosofía y Letras fue lo más parecido al patio de mi casa. El plan de estudios que nos tocó sufrir (el nuevo, decían entonces; el viejo, dicen ahora), nos obligaba a entrar en el recinto a las 9 de la mañana, para abandonarlo a las 9 de las noche. Reconozco que yo era de los que iba a clase, a casi todas. Pero no tanto por ir a conocer el rostro de mis profesores, como por evitar el café que hacía Pepi en el bar.

Pese a todo las clases me gustaban. Al fin y al cabo, estudié historia. Pero lo que más me gustaban eran esas frases sueltas, aquí o allí, que decían nuestros maestros. En Arqueología Clásica tuvimos una grandiosa profesora, que hoy ejerce su labor lejos de las aulas. A aquella asignatura solía acudir acompañado de Marta Estaban, Jennifer, y María Tigre. Marta se dedicaba a escribir todas las frases de Dª Ana Torrija, y al final del curso esas frases ocupaban más espacio que el propio temario. Pero es que Ana Torrija era especial, ya se lo he dicho. Era capaz de llegar a clase con un diccionario Sopena en la mano, y con eso describir el Coliseo romano.

-Mirar, mirar, cabían 40.000 personas ¡veis las cabecitas!- decía jovialmente señalando una imagen de Era se una vez el hombre.

Otro día nos explicó las esculturas etruscas. Y definió uno de los modelos como “la más grande”. Sergio, el empollón y delegado, levantó su mano:

-Perdona –el tuteo estaba a la orden del día en nuestras aulas- pero ¿que quiere decir que es la más grande?

-Pues eso, la más grande

-Pero si la más pequeña mide 1 cm, la más grande puede medir 2.

Ella miraba su diccionario, se encogía de hombres y repetía “es la más grande”.

Otro día centró su mirada en el Panteón de Halicarnaso, una de las joyas de la antigüedad, y que ella definió, magistralmente con una frase lapidaría:

-Es como el de Paquirri pero más grande.

¡Ole sus cojones!. Lo peor es que, cuando uno pretendía estudiar para su asignatura e, incluso, ampliaba temario, se encontraba con un suspenso. Reconozco que el primer examen me lo salté, me equivoqué de hora y fui por la tarde en vez de por la mañana (soy propenso a esas cosas), pero en septiembre, después de un verano estudiando algo más que sus descripciones, volví a suspender. Cuando acudí a revisar el examen me dijo que no sabía de que le había hablado y que, por tanto, no podía aprobarme. Le recomendé un par de libros de Historia del Arte. No sé si llegó a leerlos, yo se los hubiera hecho comer, pues fue su último examen en la Facultad. Se fue antes de que la echaran y yo aprobé en diciembre con un profesor del que no recuerdo ni el nombre. Al final, aquella profesora, me marcó más que otros mucho mejores. Pero también me demostró que el estudio no siempre sirve para aprobar.

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