Semana Blanca


El año que pasamos a 1º de BUP creímos lograr un hito en Ríolete. Según nuestros profesores, gracias a nuestro esfuerzo y buen comportamiento logramos que la semana blanca se convirtiera en algo más que una simple semana de vacaciones. Lo cierto es que algunos padres se habían quejado de tener que soportar a los hijos en casa durante diez días. Así que en una reunión del APA, que hoy es AMPA, decidieron mandarnos de viaje. Y así fue como nuestra promoción fue la primera en irse a esquiar a Sierra Nevada.

Yo me apunte, reticente porque esa semana jugaba el Cádiz en Carranza. Pero mis padres me dijeron que me fuese, que me lo iba a pasar bien y que era una oportunidad. Así que me monté en el autobús con el resto de compañeros, que no amigos. Lacueva iba casi todos los fines de semana a esquiar allí; el Cabeza iba a ir, pero cayó enfermo esa semana y se tuvo que quedar en Conil; y a Florentino y Aguja no les dejaron ir por las notas del trimestre anterior. Así que me encontré compartiendo asiento y habitación de hotel con Puntilla, que en esa época ya había perdido la “n” de su apellido, y con Oveja, un chipionero con el que hice gran amistad y que también terminó estudiando historia, pero unos años después que yo.

Puntilla estaba como un niño con zapatos nuevos. Yo tenía claro que no iba a esquiar, aunque mis padres querían que aprendieran, así que me junté con Oveja y unos cuantos más y localizamos una pequeña tienda donde no nos pusieron pegas para vendernos unas cervezas. Con eso y El Señor de los Anillos nos tiramos en un pequeño rincón rodeado de nieve a jugar al rol. Y esas estábamos cuando Puntilla me pidió que le acompañará a comprar, porque a esta altura de la partida, el empollón se encontraba más marginado que yo que había encontrado un grupo de juego con el que moverme.

No me hacía mucha ilusión ir de compras con el Putilla pero pensé en los años pasados solo en los recreos encerrado en mis libros o hablado con solo cuatro o cinco compañeros. Y el pobre Puntilla no hablaba con nadie. Sus padres le había obligado a ir a ese viaje para no tenerlo en casa y, a cambio, le iban a comprar la megadrive II con el Sonic. Así que me dio pena y le acompañé. Compró todo lo que necesitaba: gafas, guantes, botas... alquiló los mejores esquís y el mejor mono –una visión que no les describiré para ahorrarles las pesadillas que me persiguieron durante varios años- y, por supuesto, todo lo más caro. Llegué a preguntarle que porque compraba lo más caro y el respondió con una sonrisa triste:

-Para que mi padre se de cuenta de que he venido al viaje

Yo me volví con mi grupo de rol, mientras veíamos a Puntilla salir de la tienda lentamente. Se colocó los esquís en una zona absolutamente llana y dio sus primeros pasos. Por alguna ley física que no logró comprender, los esquís comenzaron a coger velocidad, mientras el Putilla lanzaba por su boca palabras que no pensamos que supiera. Según la velocidad aumentaba, comenzaron las apuesta de hasta donde llegaría. Además de debatir sobre la misteriosa velocidad tomada por mi compañero de habitación. Lo cierto es que el debate duró poco. En menos de un minuto Puntilla había chocado contra la torre del telesilla, ante la mirada atónita de los profesores y nuestras carcajadas. Puntilla se levantó tan digno como pudo, se quitó los guantes y se dirigió hasta donde estábamos. Por algún motivo que no comprendo aún, me lanzó sus guantes y salió corriendo hasta la habitación. Y por motivos aún más misteriosos, yo recogí sus esquís para llevarlos hasta la tienda donde los había alquilado –estaba seguro de que no los volvería a usar-.

-¡Tu! Dursselev ¿que le has hecho a Puntilla?

-I have not done anything, Mr. Cesar.

El resultado de mi atrevimiento fue pasarme el resto del fin de semana con Puntilla pero, al menos, dentro del hotel no hacia frío, los colegas de rol vinieron a mi habitación y Puntilla demostró que era un experto abriendo botellas de cerveza con un mechero.

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