Residencial Las Calas

Tal ver se habrán imaginado que yo era un niño bien, y nada más lejos de la realidad. No es que mi padre fuesen pobres, pero vivíamos bien gracias a que había logrado ascender en su empresa a base de trabajo. Mi padre era uno de esos directivos hechos así mismo, que había entrado a trabajar con 16 años como calcador de planos, para acabar ejerciendo de directivo en la zona. Y con eso, unas tierras heredadas, y vendidas, y la compra de un chalecito en una urbanización que empezaba a formarse, se hizo el milagro. Y mi yo imberbe salía los viernes del pseudointernado para irse a pasar el fin de semana (y cualquier otra fiesta) en una urbanización conileña.

Allí no estaban Florentino, ni Lacueva, ni Aguja. El Cabeza, que vivía en Conil, se acercaba alguna vez en bici, pero lo normal es que yo no tuviera a mis amigos y me conformará con mi primo y los vecinos. Un grupo bien avenido, sin duda, mientras que los vecinos fuesen cercanos. Porque la calle estaba divida en dos. Por un lado los roteños y los juanes, que tenían ese original nombre porque eran de Rota, y los que no lo eran se llamaban Juan. Cosas de la niñez. Y del otro nosotros: los matagatos, aunque jamás hubiéramos hecho daño a un solo gatito, más bien, los recogíamos y les dábamos leche robada en casa de mis abuelos, pero eso no debía saberse porque en aquel entonces aun no se llevaba el ecologismo, y cuidar a los gatitos podía hacer que fuesemos considerados unas nenazas... o Pedro, el de Heidi, que nunca dejó muy claro que hacía en lo alto del monte con las cabras. O nuestras mentes, que ya empezaban a estar calenturientas, pensaban cosas raras.

Pero volvamos a la calle. Unos y otros nos enfrentábamos en diversas ocasiones, por las cuestiones más peregrinas –pero nunca por ocupar una pista deportiva-. Y en una de estas luchas fronterizas conocí al que hoy es uno de mis mejores amigos. Cocom, Álvaro Ciudades, cometió el terrible pecado de ser nuevo en la manzana y creer que podía pasar por nuestro territorio sin pagar peaje. Nosotros no sabíamos si era de Rota o se llamaba Juan, así que le preparamos una trampa mortal en el camino de tierra que cogía con su hermana para volver a casa tras los paseos en bici. Camino que pasaba justo por delante de nuestra cabaña. Porque yo fui un niño de los que hacían cabañas con ramas de árbol o las enterraban aprovechando antiguos montículos de obras.

Cocom cayó en la trampa. El resultado: sus dos ruedas pinchadas en un boquete lleno de rosales, un brazo roto y algunos dientes partidos por el batacazo. A partir de ahí, se lo pueden imaginar. Sus padres hablando con los nuestros y castigos respectivos a todos. Yo no lo pasé muy mal, porque mi casa y la de mi abuela estaban unidas, y no poder salir de la parcela no impedía que me reuniese con mi primo para jugar a los playmobils. En esa semana de castigo Cocom vino a visitarnos con una caja de nuestros preciados clis: el fuerte. Desde ese día, las batallas se trasladaron a los porches de su casa, y al centenar de clis del oeste que tenía. Después pasamos a otras batallas: rol, rol en vivo, warhammer, esa piba es mía, hoy pagas tu el güisqui... lo normal dependiendo de la edad.

Pero en esos años ya no éramos los matagatos, habíamos pasado a ser los marabunta, de forma un poco absurda, ya lo verán, pero esa historia la dejo para mañana. Porque todos, alguna vez, fuimos un agregado....

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