Rambo

Rambo era sevillano, grande, rápido y bruto. Muy buena gente, pero obsesionado con ganar. Pese a todo nos hicimos buenos amigos, que digo amigos, nos hicimos hermabos, aunque alguna vez estuve a punto de recibir un puñetazo por ganarle una batalla de warhammer. Cuando más se le notaba la vena ganadora era en los deportes. Yo odiaba jugar al fútbol con él, porque los gritos eran continuos contra mi persona. El Ruso no jugó al fútbol jamás, se mantuvo virgen en el deporte rey, pero Cocom, Pancho y yo sucumbimos ante el deporte. Tal vez porque íbamos todos los fines de semana a Las Calas y nuestros nuevos amigos solían jugar algunos partidos e incluso ganaron algunas ligas veraniegas. Pero si se perdía Rambo siempre encontraba en mi persona al culpable, incluso alguna vez llegó a gritarme por haber recibido un gol, aunque yo estaba sentado en la grada desde varios minutos antes.

Además de gustarle ganar, Rambo sudaba mucho. Si hubiera sido Ranma, se habría transformado en la chica pelirroja en cada partido, caminata o paseo en bici. Debía tener algún tipo de problema, porque tanto sudor no era normal. Y a eso que no había falta de higiene. En verano no se notaba tanto, porque había que ducharse para entrar en las piscinas, o se bañaba en la playa. Y en invierno, de vez en cuando, recibía alguna moja. Recuerdo un año que vino a casa, porque sus padres se había separado y habían vendido el chalet –algún día les hablaré de ese bendito lugar-, y fue necesario acudir al Ruso, que por esas fechas fumaba como un carretero en el parto de su primero hijo, para que el olor fuese menos dañino, creando una nube de humo en la casa que hoy, con las leyes anti-tabaco, hubieran supuesto una gran multa.

Pero lo más destacado de Rambo era su gusto por lo militar. En nuestras partidas de rol en vivo todos queríamos estar en su grupo y, por supuesto, todos huíamos de él en caso de estar en el contrario. Pero a veces eso no servía para salir indemne. Recuerdo un año, jugando en el cauce seco del río Roche. Rambo, Pancho, Cocom y yo formábamos equipo y decidimos montar una emboscada al otro grupo, formada por el Chino, el Ruso, Cathan Fiesta y JJ, el portero regordete al que habíamos conocido unos años antes. El Chino era especialista en arcos largos y sus flechas eran capaces de clavarse en un árbol o atravesar nuestras rusticas armaduras hechas con tapas metálicas y cartón. Así que él era nuestro primer objetivo. El segundo sería JJ abanderado y objetivo último de la misión.

Pancho se preparó con su arco, escondido entre la hiedra que cubría una valla. Cocom y yo, con nuestras ballestas y armas cortas, nos escondimos entre la maleza del seco cauce. Y Rambo, simplemente, desapareció. El Ruso fue el primero en aparecer en el recodo del camino, con su espada de madera y su escudo en la mano. Junto a él, Fiesta iba atento a todo, con un pequeño arco corto. Detrás de él apareció JJ con la enorme bandera de Escocia que su padre le había regalado, y armado con otra espada. Finalmente, apareció el Chino. Cocom y yo esperamos lo suficiente para caer sobre él en un instante, arrebatándole su mortífera arma y esperando que Pancho y Rambo actuasen. Pancho disparó su arco sobre Fiesta y el Ruso, dándole a mi tocayo que cayó “herido” al suelo. JJ corrió junto a sus compañeros mientras todos nos preguntábamos donde estaba nuestro cuarto hombre. Un grito nos hizo alzar las miradas hasta el cielo. Allí, colgado de una liana de hiedra, apareció Rambo con su espada en la mano. En mitad de su vuelo por el cauce –no les exagero si les digo que estaba a unos cuatro metros del suelo- la liana se rompió. Imagínense el golpe que conllevó la ruptura pero, lo peor, fue que Rambo se levantó magullado, sangrando en ambas rodillas, y se lanzó como un poseso sobre el Ruso y JJ que lo único que podían hacer era preguntarle si estaba bien. Rambo arrancó la bandera de las manos de JJ y, con una sonrisa triunfal en su cara empapada en sudor y sangre dijo.

-Ahora sí, ¡perdedores!. ¡He ganado!

-¡Hemos ganado!- grito Pancho

Del abrazo resultante por la gran victoria, Pancho tuvo que acudir al ambulatorio de Conil. Rambo le había abrazado con tantas ganas que le había clavado el mástil de la bandera, provocándole la ruptura de dos costillas. Rambo era así.

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