Boyas


Las Calas recibe su nombre unas magnificas playas, de arena blanca y agua cristalina. Las playas de Conil son de las mejores de España, pero no lo digan mucho por ahí, que aún no están masificadas. Cuando llegaba el verano, nosotros éramos fijos en Francia. Y no, no nos íbamos a Paris, sino a la bajada de la calle Francia, igual que otros bajaban por Dinamarca, por la Depuradora, Helvetia o las Rocas. Pero nosotros bajábamos por Francia, entonces la principal bajada y única que tenía escaleras hasta la arena. Allí nos conocíamos todos. Los grupos de amigos se reunían entorno a equipos de fútbol: los Adambels, los HotDog, los Canarios, los Surferos –archienemigos de todos los demás- y nosotros: los Marabunta o Ertoil, ya que durante varios años estuvimos patrocinados por el tío de Rambo. Las rivalidades de las pistas se trasladaban a las playas. Se luchaba palmo a palmo por coger el mejor lugar en la orilla para jugar al fútbol, o el mejor lugar donde tirarse a tomar el sol. Se luchaba, inocentes de nosotros, por tener a las mejores niñas, cuando realmente eran ellas las que nos elegían a nosotros.

En nuestra pandilla estuvimos bien surtidos. Teníamos a varias de las niñas más guapas de la playa: las hermanas Almoraina y Magot, y la sevillana Nilda. Otras más normales, como Ibérica, las hermanas Tambo: Natacha y Beata, Irina –con la que fuimos crueles hasta puntos insospechados-, Paola y algunas más. Eran un buen grupo, la verdad, aunque no en pocas veces les hicimos el feo por conseguir “el amor” de las tres primeras.

Pero les hablaba de la playa. Y en la playa hay que hablar del mar. Un mar bravo, duro y peligroso que en no pocas ocasiones se cobró la vida de incautos veraneantes. Yo no tenía muchos problemas con el agua. Como se imaginaran, teniendo como apodo el Chetos, era gordo –o lo soy, mejor dicho-. Pero la gordura me daba una ventaja en el agua que nadie más tenía: flotaba, como los petroleros. Seguro que hay alguna ley física que lo explique, pero yo la ignoro. Por dos razones fundamentales: primero porque aprobé física y química a base de chuletas; segundo, soy de letras. Pero lo cierto es que flotaba. No me comía nada en las noches de Conil, pero flotaba. Y en eso estaba, flotando cual boya a la deriva, cuando escuche una voz en la cercanía. Una de esas veraneantes, que no hacen caso de los lugareños y se lanzan a nadar. Ni corto ni perezoso me acerque hasta ella –no era plan de dejarla morir- entrando en la corriente de agua que nos llevaba hacia el interior del Atlántico. Logré llegar a ella, y agarrarla. Y entre mi flotabilidad y mi esfuerzo conseguí mantener su cabeza fuera del agua. El problema era que ella estaba histérica, y no había forma de moverla. Yo intentaba tranquilizarla, mientras llamaba a mis amigos para que me ayudaran.

-Tranquila- le decía- relájate. Que salir no saldremos, pero hundirnos no nos hundiremos.

Pero eso no lograba tranquilizarla, más aún, cuando la orilla comenzaba a alejarse de nuestro horizonte. Cuando ya lo creía todo perdido, y me veía navegando a la deriva cual patera sin patrón, escuche las voces de Rambo y el Chino:


-¡Tíos! El Chetos está con una tía.- decía feliz Rambo.

- ¡Eso es que se están ahogando!, a por ellos- el Chino siempre mordaz y locuaz. Pero lo cierto es que, por una vez, el no comerme ni una rosca en Conil, me había salvado la vida. Más allá de la crueldad de mis amigos que, también por una vez, había sido dirigida hacia mí y no hacia Irina.

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