Agregandose, I

Ayer les dije que hoy les hablaría de mi cambio de grupo. Lo cierto es que se produjo en cuando cumplí los 15 años. Pero el cambio se dio entre los amigos de Las Calas. Mientras algunos de los vecinos ya llevaban años afeitándose otros comenzaban a hacerlo y, como comprenderán, surgieron las diferencias. Más aún, cuando la diferencia de edad provocó que algunos lograran que sus padres le compraran una moto. Mis primos fueron los primeros: dos vespinos, uno rojo y otro negro. Sus padres siempre les compraban las cosas a pares: que la niña quiere un piano, pues al niño, otro; que el niño quiere una Atari, otra para la niña. Y yo llorando por las esquinas para que me comprasen unos dados.

Después de mis primos, la moto cayó en casa de las vecinas y la mayor, María de los Llantos, moto negra. Después le tocó el turno a Juan –que más tarde descubrimos que era un infiltrado de los juanes para desestabilizar nuestro clan-, moto rosa. Y los motorizados decidieron que las noches eran más divertidas en una venta cercana: los acebuches. Y que nuestras partidas de rol no alcohólicas no eran divertidas.


A eso se unió que las niñas del grupo también se fueron. Les diría que por haber encontrado un grupo de niños más altos, listos y guapos que nosotros, pero les mentiría. La verdad es que se fueron porque nosotros solo teníamos ojos para Xena y su relación con Gabriel, lo que nos dejaba poco tiempo para hacerles caso a esllas.

Así que el grupo se disgregó y yo me quede con los pequeños: el Ruso, cuya madre era de allí, tenía un año menos que yo, pero ya con 14 años parecía mucho mayor y, desde luego, nos manejaba a su antojo; Álvaro Ciudades, con 13 añitos era el más pequeño y manipulable... pero ya jugador de rol empedernido; y Pancho, también con 14 tiernos años y aún con la cabeza medianamente en su sitio. El Ruso había comenzado a jugar al rol con unos compañeros del colegio, que tenían casa en Las Calas, y nos dijo que para quedarnos los cuatro solos podíamos juntarnos con sus amigos. Pero que tenía que ser pronto, porque él tenía que ir a Moscu a ver a sus abuelos. Y se fue, pero antes de que pudiésemos conocer a sus amigos. Solo nos dio un dato:

-El jueves, a las 5, juegan al fútbol en las pistas.

-¿Hay de eso?- preguntó Pancho.

-Claro, yo las he visto, están cerca de la piscina- respondió Cocom, mientras yo, simplemente, me encogía de hombros.

Así que allí nos fuimos los tres, el Ruso iba camino de casa de su abuela, con muro y todo. Y nos encontramos con un grave problema con el que no nos esperabamos.

-Oye, ¿eso no son dos equipos?- Pancho siempre preguntaba lo más obvio. Pero era cierto, había dos equipos y nosotros no sabíamos cual era el nuestro... o el de nuestro amigo.

Después de un rato observándolos, decidimos que el portero del fondo parecía más simpático. A pesar de ir perdiendo sonreía, con esos mofletes regordetes que recordaban a los míos. Y eso era buena señal, no era un ganador. Nos acercamos a él y, como el mayor que era, yo llevé la voz cantante.

-Eso, eh,... perdona, ¿podemos apalancarnos con vosotros?.

-Bueno....

Y nos convertimos en agregados de un grupo que no sabíamos si era el nuestro...

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