Navarro estaba sentado en su
mesa, cerrando un informe sobre vandalismo que le habían solicitado desde
jefatura para entregarlo a la prensa. Desde los carnavales anteriores no había
pasado nada y aun sentía el final trágico del caso del payaso-enano, como le
habían llamado en el Diario. La ciudad parecía volver a ser la de siempre, la
tranquila ciudad del sur donde la alegría bullía por las esquinas y los bares
se llenaban pese a la alta tasa de paro. Y Navarro se alegraba de eso; aunque se
aburría no pocas veces estaba hastiado de tantas muertes Después del
caso del asesino de la lista pensó dejar el Cuerpo; ahora transcurridos cuatro
años, comenzaba a pensar en pedir el traslado fuera de Cádiz buscando algo más
que rellenar formularios sobre gamberros que pintaban fachadas y bancos en el
parque.
Salió a por un café al bar de la
esquina y al regresar vio a la joven. Era pelirroja y estaba nerviosa,
demasiado. Hablaba muy rápido con Juan, el viejo policía al borde de la jubilación que atendía las denuncias.
-Señora- le decía- no podemos
hacer nada. Si no han pasado 24 horas desde que desapareció no ha desparecido
oficialmente.
-Pero él no es así. No se iría
sin más; le ha pasado algo agente- jugaba nerviosa con su pelo-. Salió de casa
y no ha llegado al trabajo; no se ha llevado nada. El coche está aparcado en el
garaje y el teléfono da señal pero no lo cogen. ¡Le digo que le ha pasado algo!
Se quedó observándola, intentando
adivinar dónde había visto antes a la joven. Si había desaparecido a las 8 de
la mañana, poco había que hacer hasta el día siguiente; y normalmente siempre
aparecían. Algunas veces se habían ido con los amigos y una copa llevó a otra y
terminaban en algún bar volviendo borrachos a altas horas; otras veces era una
mujer la que se cruzaba en su camino pero eran pocos, muy pocos, los que no
volvían antes de las 24 horas.
-Está realmente nerviosa-
Echevarria llevaba unas tijeras en la mano-. Realmente cree que le ha pasado
algo terrible.
-Ya conoces el protocolo ¿y esas
tijeras de podar?
-Luego voy para el deposito, y
las viejas están cascadas. Y nada mejor que esto- las levantó para que Navarro
las viera bien- para cortar costillas.
Las risas del forense llamaron la
atención de la chica, que volvió la cabeza con ojos llorosos y las lágrimas
recorriéndole las mejillas. Miraba con rabia, con odio, al hombretón de largas
trenzas blancas que se reía con una camiseta de Spiderman y unas tijeras en la
mano.
-¡Maldita sea! Hagan algo por él,
hagan algo… no dejen que pase un día, no lo hagan, no podría soportar perderlo,
no a él, no otra vez.
-¿Otra vez?- preguntó Navarro-
¿ya ha desaparecido otras veces?
-Él no. Fue Miguel, mi ex,
desapareció un día. Dijo que iba a Marruecos y se esfumó. Ustedes no lo
buscaron hasta que fue demasiado tarde y ya nunca volvió. Y ahora, ¡otra vez!
Navarro y Echevarria se miraron
antes de pedir a la joven que les acompañase a una sala privada. “Se acabó el
informe de pintadas”, pensó el inspector al recordar la extraña desaparición de
Miguel Heredia, ocurrida cuatro años atrás, cuando fueron llamados por la
judicial para resolver el caso de la lista. Pese a que oficialmente se le dio
por desaparecido y el comisario ordenó cerrar el caso alegando que había huido
ni el policía ni el forense estuvieron conforme.